/ Cosas que mi gato tendría que saber
Capítulo 0

Cosas que mi gato y yo no sabemos

Imagen de portada

Le dije “vamos” a mi gato y vino, así que tuve que escribir este libro.

Mi reacción no es en absoluto desproporcionada. La escena es esta, y todo en ella es importante:

Estoy en la terraza fumando. Es una tarde de otoño, fresca pero no trágicamente fría. Se anuncia el invierno del mismo modo en que se anuncian los grandes cambios para todos los seres vivos que somos capaces de anticiparlos: las tormentas, la noche, la muerte. No tiene ningún sentido pensar permanentemente en eso.

Mi gato también salió. Se sentó cerca y ahora observa el fondo de la terraza y el cielo, atento a cosas que vuelan y yo no sé ver. No estamos solos, porque de hecho tengo otro gato, que se ubicó un poco más allá escoltando al primero.

Es hora de poner nombres. Mi gato se llama Moriarty, como el villano de Sherlock Holmes. Sin embargo, durante mucho tiempo tuvo una personalidad muy tonta y juguetona, de modo que el nombre de un matemático y genio criminal le quedaba grande, y lo acortamos a Morty. Morty lleva once años con nosotros y lo ha vivido todo: una boda, varias mudanzas, una perra con instinto cazador que casi lo mata, el nacimiento de nuestra hija y la forma en la que ella fue creciendo, adquiriendo personalidad, desarrollando lenguaje, expandiendo su territorio dentro de la casa. Las fases por medio de las cuales el cachorro humano se convirtió en el proyecto de persona adulta que es hoy ocurrieron todas ante los ojos del gato. Los cambios traen sabiduría, y el carácter de Moriarty se sosegó con el paso del tiempo. Hoy tiene el semblante de un señor mayor, astuto y sereno, y el nombre ya le queda bien. Pero es tarde, seguimos diciéndole Morty.

El otro gato es una gata. Se llama Lisa, porque Morty tiene pelaje atigrado y Lisa es, bueno, lisa. Así lo razonó mi hija y estuvimos de acuerdo. Al fin y al cabo, Lisa llegó a nuestras vidas hace apenas dos años. El mundo ya estaba en movimiento y todas las cosas habían sido nombradas; a ella no le quedó más remedio que adaptarse a esa realidad.

Lisa tiene devoción por un miembro de la casa únicamente, y ese es Morty. En cambio, Morty, tiene devoción por mí. De cualquier modo, son gatos, y la sensación general es que no responden a ninguna jerarquía —como sí lo hacen los perros o los humanos— o que siguen una jerarquía secreta que sólo ellos entienden. Una jerarquía no frágil pero sí flexible, propensa a los motines, a los cambios de humor y a los exilios autoimpuestos: Lisa y Morty tienen acceso a otras terrazas vecinas, van y vienen a su antojo sin responder siquiera a una lógica carcelaria. Creo que patrullan, pero estoy seguro de que no tienen otros hogares. Viven acá. Viven con nosotros. Por eso no me sorprende verlos a ambos sentados junto a mí, a una distancia prudente, compartiendo el momento, esta tarde fresca de otoño, en la que el aire parece traer noticias del mundo.

Termino de fumar y apago el cigarrillo. Luego, entro al departamento. Cuando voy a cerrar la puerta detrás de mí, veo que ambos gatos me están mirando. Tienen los ojos bien abiertos, las pupilas pequeñas a causa de toda esa luz vespertina, y la actitud corporal clásica de algunos animales cuando dejan todo el cuerpo apuntando en una dirección pero la cabeza y las orejas torcidas en la dirección opuesta, atentos a algo que podría llegar a requerir una reacción rápida o que, por el contrario, no ameritará el menor esfuerzo extra.

Yo quiero cerrar la puerta, pero eso implica quedar el resto del día atento al momento en que alguno de los dos gatos se ponga a maullar para que lo deje entrar. Como soy un poco sordo y otro poco perezoso, la idea me parece una tragedia. Entonces, a sabiendas de que no me van a hacer caso, les digo “vamos”. Así, con un gesto de cabeza y mirándolos a los ojos. En realidad, mirando a Morty, que es mi gato. Lisa, técnicamente, es la gata de Morty.

Toda mi vida me crie con perros y Morty es mi primer gato. No me llevó mucho tiempo entenderme con él y aceptar que parte de ese entendimiento es estar en paz con la idea de que los gatos no obedecen instrucciones. Así que, cuando digo “vamos”, el que está hablando es mi yo de la infancia, acostumbrado a jugar en una casa con parque, con alguna de las tantas perras que tuvimos en la familia. No es el yo adulto que soy hoy, macerado en una vida de departamentos, y que está escribiendo este libro sentado en el piso mientras Morty duerme en un sillón.

Para mi sorpresa, Morty me mira, me escucha, y se pone de pie. Detrás de él, lo hace Lisa. Me corro del vano de la puerta para abrirles paso. Y entonces, vienen.

Atraviesan el umbral y se quedan un instante del lado de adentro, expectantes, como si acabaran de cumplir una orden divina y no supieran qué hacer a continuación. Cierro la puerta y el sonido los saca del trance, hacen uno de esos saltos espasmódicos con que los gatos reafirman su falta de compromiso con cualquier tipo de lógica y se van a hacer sus cosas, no sé yo cuáles.

Eso fue toda la escena. En el momento me pareció un poco divertida por lo desfachatada y sé que se la conté a mi esposa, quizás actuándola un poco, con ese patetismo de quien pone demasiado esfuerzo en narrar una anécdota del tipo “tendrías que haber estado ahí” y espera ingenuamente que la otra persona comparta el entusiasmo. Quizás un poco como estoy haciendo ahora.

Nunca más volvimos a hablar del asunto.

Una parte de mí se fue olvidando, como se olvidan las cosas cotidianas, incluso las que asoman un poco en el horizonte de la monotonía. Mis gatos me habían hecho caso, bien. Habían respondido a un llamado, bien. No era un asunto para alertar a la Facultad de Ciencias Naturales y pedir que me enviaran dos expertos. El sentido de manada, el otoño, incluso la casualidad de que por un instante mis intereses hubieran coincidido con los suyos… Y sin embargo, a medida que pasaban los días, me fui obsesionando. En algún punto, el episodio me perturbaba. Me obligaba a hacerme preguntas. Y empezaba a afectar mi relación con Morty, de quien ahora esperaba cosas que nunca antes se me hubiera ocurrido reclamarle.

Ninguno de mis esfuerzos por replicar la escena o expandirla a otras instancias fue exitoso. Al parecer, la muralla invisible que había entre nosotros, tantas veces permeada por el contacto físico o el tintinear de la comida, incluso por el sonido de su nombre, no dejaba pasar palabras nuevas. Hice una búsqueda rápida en internet y descubrí estudios serios que afirman que los gatos son capaces de memorizar entre 20 y 50 palabras dentro de una lógica estímulo-respuesta. Pero Morty, a sus 11 años, no quería aprender palabras nuevas. O quizás no podía. Consideré también la chance de que la limitación cognitiva no se pudiera adjudicar a toda su especie, sino específicamente a mi gato, que no es precisamente la vela más brillante del candelabro, de modo que intenté mejorar la calidad de mi investigación.

Según un experimento llevado adelante por cuatro investigadores japoneses y publicado en la revista Nature, los gatos domésticos pueden diferenciar su propio nombre cuando es pronunciado. Los investigadores se refieren a “gatos domésticos” para distinguirlos de los “gatos de café” o lo que algunos llaman “gatos de bodega”: lugares semipúblicos donde los felinos conviven con demasiados visitantes y las asignaciones de nombres no están tan claras. Pero además, dicen, los gatos domésticos son buenos para seguir indicaciones. Por ejemplo, cuando un humano señala un lugar para que busquen, son capaces de buscar en ese lugar en vez de quedarse mirando el dedo. (Lamentablemente, los experimentos caseros para verificar esta habilidad en Morty no fueron concluyentes). Por último, el estudio sostiene que los propios gatos han adaptado sus vocalizaciones, y que los maullidos que usan para pedir comida tienen componentes acústicos que nosotros identificamos como más urgentes que otros. Esto último me hizo reaccionar: no estoy seguro de que un maullido pueda considerarse un acto de habla, y sin embargo, en la modulación específica del sonido hay una intención de ser interpretados. Además, esa modulación está construida socialmente: es el resultado de escucharnos hablar y hacer su mejor esfuerzo por imitarnos.

El entusiasmo de esta nueva información me duró apenas algunos minutos. Enseguida mi cerebro escéptico se puso en alerta. Todos los ejemplos de la investigación nipona indicaban una recompensa: el dedo señalaba comida oculta, la respuesta al llamado de parte de los humanos se premiaba con comida, el maullido compuesto sólo para nuestros oídos tenía por único objetivo conseguir comida. Todo sonaba demasiado pavloviano. Eso no es hablar. Es un simple sistema comportamental de estímulo-respuesta. Y lo que yo sentí en la terraza fue otra cosa.

Voy a intentar que no parezca que perdí la cabeza por completo, pero debo decir que esa tarde tuve la sensación de que yo le había hablado a mi gato en mi lengua natural y que, por un instante, por un brevísimo instante, él me entendió. Que no había usado una palabra repetida muchas veces para constituir un reflejo condicionado. Tampoco había usado ese tono particular de la voz que comanda. Por el contrario, el tono fue neutro y resignado, de modo que hablé también con lo no dicho. En resumen, fue más complejo que una orden y, a la vez, más fluido, como si los dos participáramos de un dispositivo antiguo pero bien aceitado. Dicho de una vez por todas: tuve la certeza de que mi gato había compartido un pedacito de código verbal conmigo. Como una suerte de primer contacto real, más allá del contexto, del repertorio de experiencias compartidas, de las cosas que la naturaleza nos enseñó por partes iguales a él y a mí —que viene el invierno, que viene la muerte, que mejor entrar—, y entonces se me ocurrió que quizás acabábamos de vivir un pequeñísimo chispazo evolutivo. Una unidad discrecional en lo que, generalmente, es un continuo que se extiende por milenios. Visualicé la evolución como un río que fluye a la inversa: nace en un mar primigenio donde toda vida es la misma vida, y se va ramificando luego, encontrando cada especie su camino, su cauce, sus meandros. Un río que fluye colina arriba, porque debe luchar para fluir, porque fluye en contra de la termodinámica, no porque una ley primordial lo empuje, sino por la terquedad de la materia que insiste en reproducir un orden específico que la separa del resto. Y cada tanto, casual, azarosamente, algunos ríos coinciden, confluyen, recorren un pedazo de camino juntos, se mezclan y arremolinan. Se forman entre distintos arroyos unos puentes más o menos fugaces. Voy a decir finalmente la palabra que vengo evitando: se comunican.

Llevamos más de 9500 años de evolución conjunta con los gatos. De ellos, los últimos once los pasé con Morty. Es un tramo breve, pero un tramo al fin. El único del que nos es permitido participar. Si en algún momento de ese período logramos hablar —si logramos rasgar la oscuridad y que se filtre un rayo de luz—, todo habrá valido la pena. Pues entonces seremos parte de una historia mucho más grande que nosotros. Los antiguos seres humanos soñaban con volar y, en cierta manera, su sueño estaba condenado al éxito. De la misma manera, sospecho que este otro proyecto humano también es posible. Que en el futuro podremos hablar con los animales.

Ahora bien, incluso si esto es cierto, estoy seguro de que mi gato no lo sabe. Y de que si lo supiera, tendría un montón de preguntas al respecto. ¿Cómo podemos saber si aquello fue verdaderamente un acto de comunicación? ¿Cuántas veces le dije “vamos” sin siquiera recordarlo, quizá para llevarlo a comer o a la cama, cincelando lentamente ese estímulo-respuesta? Quizás no fue la lengua castellana, sino otros elementos del mundo (la terraza, la puerta, el frío) los que hablaron por mí para que su conciencia decidiera ponerse en movimiento. ¿Su conciencia? ¿Qué es su conciencia? ¿De qué modo es distinta de la mía? Y acerca de lo pomposo del objetivo: ¿no hablamos ya con los animales? ¿No hablamos siempre con los animales? ¿Cuánto más compleja puede ser esa comunicación? ¿Se trata de que ellos nos entiendan o de descifrar sus idiomas, inmiscuirnos en sus “culturas”? ¿Qué significaría para la historia de la humanidad la posibilidad de comunicarnos de forma compleja con algo que no es humano, digamos, un mono pero también un estornino, un delfín, una ballena? ¿Qué significaría para otras especies el hecho de estar, de pronto, entendiendo o siendo entendidas por otra cosa que no son ellas mismas? ¿Ya ocurrió alguna vez algo similar? ¿Está pasando ahora, lentamente, bajo nuestras narices y hocicos sin que lo notemos? ¿Es esta una de esas cosas que van a involucrar inteligencia artificial? Y si algún día hacemos contacto con extraterrestres… ¿ese contacto se parecerá a esto? ¿Estaremos los animales y los humanos del mismo lado frente a la inmensa otredad que llegue de afuera? ¿Cuál es la especie con la que hablaremos primero?

Siento que, como el miembro de mayor complejidad cognitiva dentro del equipo, es mi obligación intentar prepararme para la posibilidad de que un día Morty me haga estas preguntas, lo cual me provoca un terror primordial y hace que me sienta como un mono con un palo tratando de pergeñar una civilización. Y mi terror está justificado: el asunto es mucho más complejo de lo que se nota a simple vista. Requiere, por lo menos, un abordaje ordenado que involucre conocimientos de lingüística, inteligencia artificial y biología.

Pero tranquilidad: tengo tiempo y la mayoría de esas preguntas deben tener respuestas probables. Se trata de salir a buscarlas. No necesito precisión, sino aproximarme lo suficiente. En definitiva, necesito escribir este libro.

Si sale bien, no seré el primer mono en lograrlo. Y si sale mal, no seré el último mono en fallar.

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Biografía del autor:
Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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