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Hagamos un intento por bordear el problema. Quizás, deshacernos de algunas obligaciones. Consideremos un pulpo.

A simple vista, no existe otra especie que posea tantas de las cualidades que estamos buscando. Para empezar, un pulpo es un ser extremadamente inteligente, pero de una forma completamente distinta a los seres humanos. La evolución nos separó de ellos hace 600 millones de años, cuando todavía los dinosaurios no eran siquiera un proyecto para la naturaleza.

En el amanecer del periodo Cámbrico vivió una criatura hipotética, sobre la que los científicos no tienen pruebas pero sí pueden elaborar conjeturas sólidas: el urbilateriano. El urbilateriano era una suerte de gusano plano que nadaba por el lecho marino con la paz de existir sin razón, sin cultura, sin amor y sin pasiones, y sin saber que en su seno albergaba ya la semilla de todo aquello, el potencial infinito, el huevo fecundado de la inteligencia.

Muchas especies evolucionaron a partir del urbilateriano, pero de todas ellas nos interesan dos: los seres humanos y los pulpos. En este antecesor común se configuraban características que luego compartiríamos todos sus herederos: 1) simetría bilateral, es decir, un cuerpo donde la diferenciación entre lado izquierdo y derecho es relevante; 2) un tubo digestivo continuo; 3) un sistema nervioso que no era todavía un cerebro pero sí el boceto de un cerebro, las anotaciones del borrador del manuscrito del manual de instrucciones para hacer un cerebro; y 4) manchas oculares, que no eran todavía ojos pero sí dos conjuntos de células capaces de distinguir el día y la noche o la obturación de la luz que supone tener a otro ser delante de los ojos.

Sin embargo, de este gusano no nació la inteligencia, sino por lo menos dos inteligencias completamente distintas. El cerebro de los humanos es un organismo bastante centralizado: más allá de sus terminales nerviosas, que se extienden hasta los confines del cuerpo, su principal masa se encuentra en la cabeza, rodeada por un poderoso casco de hueso que la mantiene a salvo, excepto en condiciones de presión extrema que, por otra parte, los seres humanos intentamos evitar a toda costa o, en ciertos casos, obtener a toda costa.

Los pulpos, por otra parte, tienen un cerebro considerablemente diferente del nuestro: una parte se ubica en la cabeza y tiene forma de dona. El resto —unos dos tercios— está repartido por sus ocho brazos y mantiene cierto nivel de autonomía respecto a la parte anterior. Se trata de un sistema sintiente más descentralizado, que entre otras cosas permite que un tentáculo explore por su cuenta hasta detectar algo de interés y que, recién entonces, al tocarlo o aferrarlo, el resto del pulpo se entere. Si nuestro cerebro es una monarquía, el del pulpo es un comité soviético.

La posibilidad de que dos especies que se separaron hace tanto tiempo —y se desarrollaron en entornos tan diferentes— se comuniquen debería llamarnos la atención. Si antes pusimos de ejemplo la posibilidad tantas veces barajada por la ciencia ficción de una comunicación hipotética con alienígenas inteligentes, este es el caso más parecido que podemos encontrar en la Tierra. De hecho, no es poco común que las representaciones visuales de extraterrestres en la ciencia ficción encuentren su inspiración en los pulpos, ya sea para colocarlos en la máxima otredad posible (como los alienígenas de Arrival, cuyo lenguaje vimos que estaba atado a otra conceptualización del tiempo mismo), para integrarlos y antropomorfizarlos lo más posible (como los Dedos, de El eternauta, que perturban por ser francamente humanoides y a la vez poder operar una cantidad antinatural de extremidades) o para mantener su aspecto monstruoso pero otorgarles personalidades humanas que permiten la burla y la sátira, como ocurre con Kang y Kodos, los alienígenas de Los Simpson.

Sin embargo, los pulpos y los humanos, a pesar de las diferencias morfológicas, conservamos similitudes. No es fácil decir si esas similitudes son coincidencias o derivaciones esperables de ese pasado común. Pero de ellas, la más interesante es la neofilia.

Tanto los pulpos como los humanos somos adictos a las cosas nuevas. Solemos obsesionarnos con ellas hasta que el uso intensivo las convierte en noticias viejas y ahí las abandonamos. Esa curiosidad —irónicamente, muy antigua— rige nuestro comportamiento y nos empuja a explorar y jugar. Un humano aburrido puede pasar mucho tiempo rebotando una pelota y volviéndola a atrapar, una y otra vez, y un pulpo en cautiverio puede arrojar un frasco vacío contra la corriente de un filtro de agua para que vuelva hacia él y atajarlo, una y otra vez. Este uso del entorno implica una ventaja considerable por encima de otras especies. Los pulpos no sólo nadan, también saben caminar sobre el lecho marino y aprovechar los brazos libres para levantar cáscaras de coco que les sirvan de escudos contra posibles depredadores. Los antiguos homínidos que aprovecharon la ventaja adaptativa de erguirse para peregrinar en busca de comida no son tan diferentes en este aspecto.

La neofilia es lo que explica la escena del documental Mi maestro el pulpo, que hipnotizó audiencias a lo largo y ancho del mundo. Publicada por Netflix en 2020, esta película sudafricana sigue la historia de Craig Foster, un buzo que establece un vínculo emocional con un pulpo en su hábitat natural, las aguas poco profundas de la Bahía Falsa, parte del Gran Bosque Marino Africano. Foster toma todos los recaudos necesarios para convertirse en parte del entorno, entre otros, nada sin traje de neoprene ni tubos de oxígeno para evitar hacer burbujas que perturben a los vecinos del ecosistema. Sólo porta una cámara para poder registrar los hechos y, aún así, la utiliza tímidamente. Cuando encuentra al pulpo es un golpe de suerte: el animal está en una madriguera poco profunda, pero su camuflaje no es precisamente una invitación a fraternizar, así que el buzo debe perseverar varios meses hasta establecer un contacto estrecho. Primero hay una expectante tolerancia, luego un acercamiento y, por último, algo inesperado: tras varias semanas de estar expuesto a la presencia inmóvil de Foster, el pulpo comienza tímidamente a explorarlo con un tentáculo (las ventosas de los pulpos pueden también sentir sabores), toca su brazo y, saciada su curiosidad, vuelve a ignorarlo. La paciencia sobrehumana de Foster se pone en marcha otra vez: consigue que el pulpo se acostumbre a su compañía y desarrolle su vida normal con él a su lado. ¿Se comunican? Por lo pronto, coexisten siendo evidentemente conscientes de la presencia del otro, pero no más que eso. Sin embargo, la progresión narrativa del documental es tan buena que incluso atraviesan una crisis, cuando Foster lo asusta accidentalmente dejando caer su cámara, y luego le lleva días rastrearlo y reestablecer la confianza. Pero el vínculo sale tan fortalecido de la reconciliación que, en una escena absolutamente conmovedora, vemos finalmente al animal trepar por el cuerpo del humano y abrazarlo con todos sus tentáculos, pegarse a su pecho y comportarse, siquiera brevemente, como esperaríamos que lo hiciera un mamífero. De nuevo, ¿se comunican? Da la impresión de que sí. Es difícil explicar cómo. Ocurre todo en silencio, en el lenguaje secreto de los abrazos, que sólo se entiende del lado de adentro.

La historia prosigue luego con el ataque de un tiburón y el escape inteligente del pulpo: incluso llega a salir del agua para desorientar al villano, aunque este no se desorienta tanto y acaba por mutilarle un tentáculo. Luego sobreviene otra serie de conflictos que ya no vienen al caso. Es la escena del abrazo, de esa conexión no verbal pero profundamente elocuente, la que nos interesa. Porque esa conexión, a diferencia de la que estamos acostumbrados a rastrear con otras especies con las que compartimos una coevolución más evidente, parece ser absolutamente desinteresada. Sabemos que los antepasados de los perros se acercaron a los asentamientos humanos en busca de comida y que tanto ellos como nosotros obtuvimos un beneficio mutuo de ese vínculo. Algo similar ocurrió con los gatos. Y en el caso del ganado o de los llamados “animales de trabajo”, la dinámica de dominación no habilitó demasiadas opciones. Pero los pulpos son animales solitarios. El vínculo con los seres humanos no les reporta a ellos —ni, en primera instancia, a nosotros— ningún beneficio inmediato. La curiosidad, más que el hambre, se constituye como razón para el vínculo. Una razón mucho más elevada, sofisticada y, en los términos de este ensayista, genuina, si lo que se busca es establecer una comunica­-ción compleja.

En dos oportunidades —la Declaración de Cambridge sobre la Conciencia (2012) y la Declaración de Nueva York sobre la Conciencia Animal (2024)— la ciencia destacó a los cefalópodos como animales con la capacidad neurológica de tener experiencias subjetivas e intencionalidad. Sin embargo, no abundan los estudios científicos que intenten dilucidar la forma de hablar con un pulpo. Pareciera que nos hemos centrado en estudiar aspectos alucinantes de estos animales, como su capacidad para mimetizarse cambiando voluntariamente el color de su piel en cuestión de segundos, pero no hemos indagado demasiado en su potencial como interlocutores. ¿Por qué? Porque son animales solitarios. No poseen ninguna estructura mental que haya evolucionado para sostener una conversación, no tienen un par con quien desarrollar un lenguaje —de hecho, se reproducen una sola vez y mueren poco después de hacerlo—, son eremitas de las profundidades y, por lo tanto, no guardan las llaves de una cultura, sino que flotan como parias, condenados a llevar el peso de su cabeza, el peso de su inteligencia, de acá para allá, ignorando, comiendo o escapando de seres más estúpidos. Ahí radica lo maravilloso de la película. Para el pulpo, el encuentro con Foster es tan extraño e inusual como para Foster. Pero la criatura más maravillosa, la más distinta de nosotros y, al mismo tiempo, la que comparte algunos de nuestros rasgos más particulares —la neofilia, el juego complejo— sólo puede darnos una conversación muda, confinada nuevamente al mundo de la gestualidad y el comportamiento.

Así, agradecemos el desvío, la pausa, el juego y el abrazo, pero nos vemos obligados a seguir el camino en búsqueda de otra especie con la que podamos hablar.

¿Dónde encontrarla?

Dijimos que, al no ser animales gregarios, los pulpos no han desarrollado un lenguaje —¿una cultura?— entre ellos al que podamos acceder desde afuera. Para desbloquear la comunicación interespecies, necesitamos un animal que se mueva en grupo, que lleve millones de años haciéndolo y de cuyas señales recién ahora podamos dilucidar el significado profundo. Una especie que toque una música que podamos entender. Es tentador salir del agua y redireccionar la búsqueda hacia un bioma más familiar, pero sería una gran equivocación. Comparado con el mundo de allá arriba, este no tiene comparación. ¿Qué puede haber ahí afuera que cause tal emoción? Hay siempre ritmo, ritmo marino, bajo el mar.

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Biografía del autor:
Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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