Cuatro eventos raros

16min

Vivimos en un mundo en el cual un virus puede surgir en diciembre, tener su genoma secuenciado en enero y por lo menos cinco candidatos vacunales aprobados o a punto de ser aprobados unos meses después. Vivimos en un mundo maravilloso.

Pero eso no fue siempre así, ni tenemos garantías de que vaya a seguir siendo así. A veces, podemos pasar años sin entender de dónde vino el golpe. A veces, podemos estar toda la vida sin saber qué fue exactamente lo que nos golpeó. Y algunas pocas veces, encima, puede estar en discusión que aquello que nos hizo sangrar haya sido siquiera un golpe.

Por eso, vamos a ver algunos eventos raros de los que no sabemos mucho. Esos eventos tuvieron lugar en julio de 1518, en marzo de 1962, a finales del siglo xix y a las 18:50 (hora japonesa) del 16 de diciembre de 1997.

Allá vamos.

La plaga del baile

Me gusta encontrar palabras que suenan a lo que son. Por ejemplo, plastilina no podría significar otra cosa que no sea plastilina. También creo que hay palabras que se merecerían significar cosas más lindas y, de vez en cuando, me enamoro profundamente de algunas palabras: sin ir más lejos, y aunque no me gusta la luna, una de mis palabras preferidas es alunizaje.

El punto es que, así como no puedo entender que variopinto no sea una especie de pajarito o que un profiterol no sea un medicamento que viene en comprimidos, tampoco entiendo cómo puede ser que coreomanía no sea el nombre de un boliche al que todos fuimos algún verano en la costa. Lejos de eso, lejos incluso de tratarse de un furor juvenil por la cultura coreana, resulta que coreomanía es el nombre que Paracelso le puso a una enfermedad a principios del siglo XVI.1Paracelso era un médico, alquimista y astrólogo suizo. Su historial es bastante interesante, pero la fama en su época se la ganó cuando les hizo creer a varios colegas que había logrado la transmutación del plomo al oro. Y, claro, como se habrán imaginado a esta altura, estamos hablando de una enfermedad que se manifiesta en forma de baile ininterrumpido.

Aunque tenemos pocos datos, parece ser que el primer registro de un brote de esta enfermedad tuvo lugar en el siglo VII, mucho antes de que Paracelso la describiera.

Otro registro, también previo, nos lleva a 1020, en Bernburg, Alemania. Acá tenemos algunos datos más: según esta fuente, dieciocho personas se pusieron a bailar sin parar alrededor de una iglesia.

En 1278, sobre un puente que atravesaba el río Mosa —dentro de lo que luego sería Alemania—, cerca de 200 personas bailaron sin parar hasta que hicieron que el puente colapsara. Los sobrevivientes fueron llevados a la capilla de San Vito, el único santo que se creía que era capaz de curar la coreomanía.

Luego, en 1373 y 1374, se registraron los primeros grandes brotes en Inglaterra, Alemania y Holanda.

Pero el más conocido y mejor documentado comenzó cuando Frau Troffea, en julio de 1518, en Estrasburgo, Francia, empezó a bailar sola en el medio de la calle. Lo que sabemos de este brote es a partir de las crónicas hechas unos siete años después del acontecimiento por, entre otros, Paracelso —probablemente, empecinado en darle fuerza a su recientemente descripta patología—.

Estas crónicas dicen que, al rato de que Frau Troffea comenzara a bailar, se le empezó a sumar gente espontáneamente. Los afectados manifestaban que querían dejar de bailar, pero no podían. Frau Troffea duró tres días antes de que la tuvieran que llevar a San Vito, pero al cabo de una semana el grupo de bailarines había ascendido a 34 personas.

El tratamiento que se les ocurrió a las autoridades fue simpático e innovador en igual medida: contrataron músicos para que los afectados pudieran bailar siguiendo un ritmo. Lo que se dice una política de Estado. Su lógica fue “ya que no pueden dejar de bailar, al menos que lo hagan en condiciones propicias”. Pero se ve que el tratamiento no funcionó porque, con sus altas y bajas, hacia fin de mes el grupo de bailarines había aumentado hasta ser más de 400. Para una ciudad que en ese momento tenía 20.000 habitantes, esa era una cifra bastante alta.

Para cuando la epidemia amainó, muchos de los afectados habían muerto de ataques cardíacos o incluso de cansancio. Se cree que Frau Troffea logró sobrevivir, o al menos no encontré reportes de que haya muerto en el episodio.

Hay varias hipótesis sobre lo que pasó, aunque ninguna, naturalmente, puede chequearse. Mi preferida es que se trató de episodios psicóticos masivos provocados por ergotismo. En el centeno, cuando la humedad es la apropiada, crece un tipo de hongo llamado Claviceps purpurea, también conocido como “ergot”. Este hongo parasita la planta del centeno de una manera muy interesante. Se desarrolla en el lugar en que deberían hacerlo sus granos y, para eso, sus esporas ingresan al ovario de la flor de centeno imitando un grano de polen, de manera que “fecunda” la planta y puede hacer uso de los nutrientes disponibles.

De ese modo, el pan elaborado con el centeno infectado puede tener una alta concentración del hongo, que, como ya se imaginarán, es psicoactivo. El ergot produce sustancias alcaloides como la ergotamina y ergonovina, que son estructuralmente muy similares al LSD.

Un punto a favor de esta teoría es que es esperable que varias personas de la comunidad puedan comer a la vez del pan contaminado —sobre todo si consideramos que era el tipo de pan más común en aquella época—, lo que explicaría la cantidad de afectados. Un punto en contra es que, comparados con otras descripciones de enfermedades neurológicas de aquel entonces, los movimientos que realizaban los coreomaníacos fueron descriptos de manera muy distinta a las convulsiones que causaría el ergotismo.

Además, ya se conocía este tipo de intoxicación en ese momento, ¿por qué la describirían como una enfermedad nueva? Estas preguntas me acosan de noche cuando intento conciliar el sueño (y en algunas siestas también). Igual, sigue siendo mi teoría preferida.

Otras teorías, definitivamente más aburridas, hablan de encefalitis. Aunque encefalitis es un término muy amplio conceptualmente, de hecho, se refiere a cualquier inflamación del sistema nervioso central. El punto es que la encefalitis a veces puede ser causada por patógenos y provocar convulsiones e incluso alucinaciones.

Pero hay otras teorías más interesantes, que hablan de que la epidemia del baile podría haber sido causada por una infección con estreptococos, que son unas bacterias que hacen que nuestro organismo genere anticuerpos, los cuales, a su vez, podrían afectar el sistema nervioso, particularmente al tallo cerebral. Y esto, en definitiva, podría terminar causando movimientos involuntarios en el paciente. Hay quienes sostienen actualmente que esta enfermedad, llamada “corea de Sydenham”, es la verdadera causa de la coreomanía, pero no hay un consenso generalizado al respecto.

Por otro lado, no faltan hipótesis más ancladas en lo psicológico. El mismísimo Paracelso baraja la posibilidad de que Frau Troffea haya fingido todo con suficiente talento como para hacerlo pasar por una enfermedad y así sacarse un poco de encima a su esposo, al que, al parecer, le gustaba darle órdenes e importunarla. Incluso, alega que otras mujeres podrían haberla imitado con el mismo fin. Pero no estoy seguro de que esto explique el contagio generalizado. Por otra parte, considerando que una serie de hambrunas habían precedido la epidemia de danza de Estrasburgo, hay quienes creen que fueron el miedo y la ansiedad en la población los que podrían haber generado estos episodios de histeria colectiva. Además, una leyenda cristiana sostenía que la ira de San Vito podía generar plagas de baile, o sea que el santo no era tan santo y estaba un poco de ambos lados del mostrador en lo que respecta a la enfermedad.

Todo esto nos hace pensar que la angustia, el hambre, la superstición y la devoción religiosa pudieron haber sido también parte del combo. Pero, de cualquier modo, aún al día de hoy no sabemos a ciencia cierta por qué ocurrieron estas epidemias de baile. Y no está mal no saber, hay muchas cosas que aún no sabemos, por suerte.

Una última historia, muy breve, para cerrar este asunto del baile: no fue exactamente una epidemia, pero en Italia existió el tarantismo, una enfermedad que provocaba convulsiones y episodios histéricos. Se creía que era causada por la picadura de una tarántula y que su única cura era bailar a un ritmo particular para lograr separar el veneno de la araña de la sangre del enfermo. El baile se llamaba, obvio, la tarantella.

La epidemia de la risa

Luego de la Revolución de Octubre, el 19 de enero de 1918, a la hora del almuerzo, se declaró la creación de la República Federativa Democrática de Rusia. Ese mismo día, a la hora de la cena, esa misma República ya estaba disuelta y pasó a la historia como el estado de menor duración que alguna vez haya existido. Por eso, cuando leí que el estado soberano de Tanganica, ubicado en África Oriental, existió entre 1961 y 1964, lo primero que pensé fue que tan mal no les había ido.2La página de Wikipedia que lista los estados soberanos de menor duración de la historia dejó de existir en el año 2017. El 10 de octubre de ese mismo año, el presidente de Cataluña, Carles Puidgemont, había declarado la creación de la República Catalana. Ocho segundos más tarde, cuando cesaron los aplausos, el mismo presidente propuso que el parlamento suspendiera “los efectos de la declaración de independencia para que en las próximas semanas se emprenda el diálogo”. A partir de esto, hay quienes consideran que el podio de la República de menor duración de la historia corresponde a Cataluña, que duró ocho segundos. Esto desató un verdadero conflicto virtual de ediciones de la lista de Wikipedia que, finalmente, escaló hasta hacer que la entrada dejara de existir.

En su corta duración, Tanganica no tuvo tiempo para acumular demasiadas historias, pero sí tiene una bastante espectacular. Y esa historia comienza así: a principios de 1962, en un internado de niñas, tres alumnas se empezaron a reír incontrolablemente.

A primera vista, esto puede resultar de lo más normal. En mi curso, de hecho, pasaba mucho porque teníamos un compañero que era muy gracioso. Una vez, la profesora de Química anunció que teníamos un examen sorpresa y él pidió “un buuuuu para la profe” y todos hicieron “buuuuu” y nos reímos mucho. La profesora no se rió y nos tomó el examen. Creo que me fue bien, pero no me acuerdo mucho de Química. Aunque todavía sigo diciendo “buuuuu” cuando algo no me gusta. En Tanganica, sin embargo, el asunto se desenvolvió de forma muy diferente. La risa, en lugar de ir apagándose con jadeos entrecortados como corresponde, escaló y derivó en una epidemia. La epidemia de la risa.

A partir de esas alumnas, la risa se fue contagiando a otras niñas. La cosa se puso un poco más sombría cuando las alumnas, además, empezaron a manifestar una combinación de llanto descontrolado y miedo a ser perseguidas. Fue entonces que las autoridades se dieron cuenta de que se trataba de algún tipo de patología. Según los registros, el contagio se daba por estar en contacto con alguna de las infectadas y podía durar desde algunas horas hasta 16 días. Realmente no me puedo imaginar el dolor de cara que tendrían esas chicas.

Para marzo de ese año, casi la mitad de las estudiantes estaban infectadas, por lo que el 18 de ese mismo mes, se decidió cerrar la escuela. Pero la risa no terminó ahí. Como era un colegio pupilo, al cerrar sus puertas, las alumnas tenían que volver a sus casas. La mayoría venía de un pueblo ubicado aproximadamente a unos 100 kilómetros de distancia del colegio. Y fue exactamente en ese pueblo, diez días después del cierre de la escuela, que sucedió un nuevo brote de risa.

Entre mayo y abril de ese año se infectaron unas 217 personas. Y luego siguió habiendo brotes en distintos lugares cercanos. Después de 18 meses de haber comenzado, con unas 1000 personas afectadas y 14 escuelas cerradas, la epidemia se terminó espontáneamente.

Actualmente se explica lo sucedido como un episodio de enfermedad psicogénica masiva, o MPI (por sus siglas en inglés). Una de las evidencias principales a favor de esta hipótesis es que las personas infectadas no presentaban ningún tipo de síntoma físico. Estos episodios suelen generarse por situaciones de estrés, y Tanganica estaba pasando por una situación particular, dado que, cuando ocurrió el brote de risa, el país llevaba menos de dos meses de independencia del Reino Unido.3Antes de esos dos meses habían sido cuarenta años de dominio inglés; y antes de esos cuarenta años de dominio inglés, habían sido otros cuarenta años de dominio alemán. En ese momento, Julius Nyerere, el líder de la Unión Nacional Africana de Tanganica (TANU), un movimiento anticolonialista y cercano al socialismo, gobernaba el país. Luego, Tanganica y Zanzíbar se fusionaron y así nació lo que hoy conocemos como Tanzania, país del cual Nyerere fue electo presidente. La epidemia de la risa pasó a formar parte, entonces, como tantas otras cosas, de una historia reciente, pero distante.

Turismo patológico

A los 12 años, mientras era aprendiz en la compañía de gas donde trabajaba su padre, Jean-Albert Dadas desapareció sin dejar rastros. Lo encontró su hermano, un tiempo después, en un pueblo cercano. Jean-Albert estaba sano y salvo, trabajando como asistente de un vendedor ambulante de paraguas. No tenía idea de cómo había llegado ahí. Mucho menos, de por qué estaba arrastrando un carrito con paraguas.

Después de esta, las historias de Jean-Albert despertándose en lugares sin saber cómo había llegado hasta ahí empezaron a multiplicarse. En algunos lugares, comenzó a hacerse conocido como una especie de viajero errante. Lo curioso es que, tarde o temprano, siempre terminaba volviendo a la compañía de gas. Nadie entendía bien cómo conservaba su trabajo ahí si desaparecía cada dos por tres, yo creo que a su padre lo querían mucho.

El asunto se volvió más serio cuando, en 1881, Dadas, fiel a su estilo, desertó ilegalmente del ejército francés, cerca de la ciudad de Mons, Bélgica. Después de pasar a pie por Praga y Berlín, terminó en Moscú, de nuevo, sin tener muy en claro cómo había llegado hasta ahí. Para colmo de males, en ese mismo momento, el zar Alejandro ii fue asesinado y a Jean-Albert lo consideraron sospechoso. Lo terminaron exiliando a Constantinopla, donde el cónsul francés le dio un poco de dinero para tomarse un tren y volver, claro, a la compañía de gas. Tal vez trabajaba muy bien con el gas y no era sólo nepotismo, yo ya no sé.

Pero su caso se hizo realmente famoso en 1886, cuando llegó sin darse cuenta a un hospital psiquiátrico de la ciudad de Burdeos. Allí, Dadas fue finalmente diagnosticado. El psiquiatra Philippe Auguste Tissié se obsesionó con su caso y aprovechó para estudiarlo. Y, por supuesto, para ponerle nombre. Le dijo a Dadas que lo que él sufría era dromomanía o turismo patológico, caracterizado por la urgencia incontrolable de viajar.

Luego de unas cuantas sesiones de hipnosis (el único estado en el que Dadas lograba recordar los episodios), Tissié pudo recopilar todas las experiencias del viajero. El resultado fue un artículo con un nombre que bien podría ser el título de una película argentina de los 80: “Los viajeros locos”.4En su idioma original suena muchísimo más sofisticado: “Les aliénés voyageurs”.

Luego de la publicación del estudio de Tissié, a fines del siglo xix, muchísimos pacientes (todos hombres) fueron diagnosticados en Francia con dromomanía. Claro que la dromomanía nunca llegó a constituir una epidemia, así que uno podría cuestionar la inclusión de esta historia en una breve colección de epidemias, pero ante esa objeción tengo un argumento irrefutable: ya es tarde, este libro está impreso y no hay nada que hacer al respecto. Al que no le gusta, que se vaya de paseo. El estudio de la dromomanía como patología psiquiátrica duró bastante poco; finalmente, sucumbió a los cambios en las escuelas de psicología. Para 1909, fue redefinida e incluida dentro de los síntomas de enfermedades mentales más profundas, como la esquizofrenia o la demencia. Lamentablemente, no encontré si Dadas volvió a trabajar en la compañía de gas.

El impactrueno

El 16 de diciembre de 1997 se emitió por única vez en la historia el episodio “Dennō Senshi Porygon” (en español, “Soldado eléctrico Porygon”), de la serie Pokémon, en la televisión japonesa. No conozco mucho la serie pero, en un momento de ese episodio, al parecer, el pequeño protagonista amarillo usa un poder llamado impactrueno o atactrueno (o algo así). Exactamente a las 18:50 (hora japonesa), el impactrueno (o algo así)5En realidad, se trata de una confusión en la versión hispanoamericana. Hasta la duodécima temporada, este poder se llamaba atactrueno y el poder del rayo se llamaba impactrueno, pero esos nombres están intercambiados y a cada uno, en realidad, le corresponde el nombre del otro. A partir de la decimotercera temporada, este error es subsanado. ¿Cómo lo sé? Porque lo busqué en internet, claro. Yo nunca vi Pokémon. Yo veía Chatrán. La alquilaba una y otra vez, hasta que me enteré que mataron a más de veinte gatos para hacerla. Ya me parecía a mí que esa escena de la cascada no había cómo filmarla. provocó una explosión que se retrató en pantalla al mejor estilo animé: con cuatro segundos de una intermitencia muy rápida de colores azul y rojo. Como resultado, al menos 685 televidentes (310 niños y 375 niñas) tuvieron que ser llevados al hospital en ambulancias. Entre los síntomas que presentaban había mareos, dolores de cabeza, visión borrosa e, incluso, convulsiones.

Varios de los pacientes se recuperaron durante el viaje hacia el hospital, aunque algunos fueron efectivamente ingresados e, incluso, dos pacientes fueron hospitalizados por más de dos semanas.

Es conocido que la luz estroboscópica, como la que emite el impactrueno (o algo así), puede disparar episodios epilépticos en quienes tienen un tipo particular de esta enfermedad, denominada epilepsia fotosensible. Llamativamente, también se registraron episodios de epilepsia en niños que veían la serie en blanco y negro, porque lo que dispara los síntomas, al parecer, no es el cambio de color en sí, sino el cambio de contraste.

Es posible que se pretenda discutirme que esto tampoco es una epidemia. Pero según varios investigadores, este pudo haber sido el evento simultáneo de epilepsia más grande del que se tiene registro. Y si eso no es una epidemia, entonces yo no sé qué es. Si hasta rebrotes tuvo: algunas personas sufrieron convulsiones cuando se reportó el caso, ya que los noticieros no tuvieron mejor idea que ilustrar la noticia pasando fragmentos del episodio.

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