Navegando el Ni Una Menos

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Rocío Priegue

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Belén Kakefuku

¿Cómo impacta actualmente la violencia machista en el tejido social? ¿Cuál es la situación a seis años del primer Ni Una Menos?

Navegando el Ni Una Menos

El 3 de junio del 2015, en distintos lugares de Argentina, se juntaron alrededor de 500.000 personas bajo una misma consigna: Ni Una Menos. Se pedía justicia por el femicidio de Chiara Páez pero también era un grito colectivo de BASTA: el año anterior había habido una muerta cada 30 horas. 

Ese primer Ni Una Menos fue un punto de inflexión en la conciencia sobre la importancia de los femicidios: en 2015, los llamados a la línea 144 pasaron de 1.000 por día a 13.700. La tasa de femicidios, sin embargo, no disminuyó. Hasta el 31 de mayo del 2021, se registraron 127, dando un promedio de 1 cada 29 horas.
Así como esa primera vez la protesta excedió el femicidio de Chiara, los reclamos de esta fecha van más allá de los femicidios únicamente. Como se dijo en el manifiesto del primer Ni Una Menos, la palabra “femicidio” es, además, una categoría política, es la palabra que denuncia el modo en que la sociedad vuelve natural algo que no lo es: la violencia machista. Y la violencia machista es un tema de Derechos Humanos.

Hoy, seis años después de ese primer grito colectivo, desde Gato nos parece importante seguir reflexionando sobre lo construido desde el 2015 y, sobre todo, buscar qué puede hacerse distinto para, dentro de seis años, no encontrarnos escribiendo de nuevo la misma nota. Al igual que el manifiesto del 3 de junio de 2015, creemos que el problema es de todos y de todas. La solución hay que construirla en conjunto. Por eso nos pusimos en contacto con tres personas que estudian las violencias de género desde distintas aristas: Agustina Kupsch es antropóloga social, está realizando una maestría en Estudios de Género y políticas públicas, y es la creadora de Panóptico de Género; Rocío Sendra es licenciada en Psicología (UBA, MN: 72.699), diplomada en ESI (UNSAM), co-ayudante en Psicología de Trabajo (Cat. II, UBA) y su trabajo como psicóloga es orientado a clínica del trabajo y a inserción laboral y educativa de poblaciones vulneradas; y Luciano Fabbri es doctor en Ciencias Sociales (UBA) y licenciado en Ciencia Política (UNR), además es Coordinador del Área de Género y Sexualidades de la UNR e integrante del Instituto Masculinidades y Cambio Social

A quiénes afectan

Frente a la pregunta qué son las violencias de género, Rocío rescata primero la definición desde la Ley. Se entiende por violencia contra las mujeres toda conducta, acción u omisión, que de manera directa o indirecta, tanto en el ámbito público como en el privado, basada en una relación desigual de poder, afecte su vida, libertad, dignidad, integridad física, psicológica, sexual, económica o patrimonial, como así también su seguridad personal. Sin embargo, acotar la violencia de género a un problema de mujeres es reducir su dimensionalidad. Para Rocío, la población afectada son todas las mujeres y femeneidades, en todas sus expresiones (lo que incluye al colectivo LGBTQI+). 

Para Luciano, en cambio, si consideramos, de manera amplia, que todos los seres humanos somos destinatarios de mandatos de género en base a la interpretación binaria de nuestros cuerpos y genitales, en base a la cual se condicionan y limitan nuestras formas de ser y estar en el mundo, es posible afirmar que los procesos de asignación de género son mecanismos violentos de inscribirnos en la cultura, de hacernos sujetxs de género, y que nos afectan a todes. Dicho de otro modo, al momento de nuestro nacimiento se nos asigna un género según nuestro sexo biológico, y nuestra crianza y socialización se ven influenciadas luego por esa asignación. Nadie puede, entonces, vivir por fuera de las opresiones y mandatos de género. Sin embargo, Luciano aclara que no nos afectan por igual: las violencias de género son fundamentalmente de carácter misógino y trans-lesbo-homo-bi-fóbicas, vulnerando fundamentalmente las vidas y libertades de mujeres y personas LGBTIQ+.

De qué están hechas

Agustina nos invita a pensar las violencias de género como una pirámide y a desarmarlas en violencia estructural y violencia cultural. La primera se produce cuando necesidades humanas básicas como supervivencia, bienestar, identidad o libertad se encuentran insatisfechas, y es a la que deben atender el Estado y sus organismos. La violencia cultural suele ser más difícil de identificar y es la que crea un marco que legitima la violencia visible. Se compone de actitudes individuales y sociales, y al mismo tiempo, inhibe o reprime las posibles respuestas de quienes la sufren.

Agustina rescata que las desigualdades que sustentan la violencia de género son esencialmente una cuestión de desequilibrio de poder y, como tal, se pueden revertir. Pero antes de entender cómo pueden revertirse, es indispensable aprender a identificarlas. En este aspecto, Agustina y Luciano coinciden en la importancia de reconocer los micromachismos como componentes de la violencia cultural para poder desarticularlos. Luciano agrega que se detectan hilando fino en el análisis e identificación de esas prácticas naturalizadas en las que los varones cis somos entrenados en nuestros procesos de socialización para obtener ventajas y privilegios por sobre las mujeres y feminidades, disponiendo de sus tiempos, cuerpos, capacidades, energías y sexualidades para nuestro beneficio, afectando sus autonomías y libertades. Y no solo los varones cis tienen que revisar prácticas naturalizadas, muchas veces las mujeres también repetimos acciones o discursos que parecen inocuos pero que perpetúan la desigualdad de géneros. Rocío destaca que la mayor parte de las violencias que vivimos las mujeres y feminidades son cotidianas, constantes y naturalizadas. Aclara que estas violencias son invisibilizadas; pero invisibilizadas no es lo mismo que invisibles, eso Rocío lo aclara también, porque las mujeres las vemos y señalamos constantemente.

Qué hacemos 

Tanto Rocío como Luciano y Agustina coinciden en que para que no emerjan las violencias de género es urgente construir una sociedad más igualitaria. Para lograr esto, una clave es la educación, y particularmente la correcta implementación de la Educación Sexual Integral, dicen. Rocío habla de la importancia de la ESI para las mujeres, feminidades y para lxs más vulnerables como herramienta de construcción de sí como sujetxs autónomos, potentes y deseantes; herramienta reforzadora del autoestima, de la mirada crítica y gran activadora de alarmas a tiempo. Para las masculinidades, la ESI como herramienta para un desarrollo más saludable de sus personalidades, en la que ya no se celebre la violencia, el éxito, el dinero y el dejar afuera a lxs otrxs como pilares fundamentales de la construcción varonil y cuenta que donde más veo la actitud anti violencia masculina es en mis alumnos adolescentes. Ellos, que sí han recibido ESI como parte transversal de su educación, tienen otra actitud hacia las violencias, la amorosidad y los cuidados.

Pero la implementación de la ESI, aunque necesaria, no es suficiente. Rocío destacó la necesidad de acceso a educación y trabajo de calidad para las mujeres y feminidades, para que estas puedan desarrollar proyectos de vida sustentables y saludables, donde no dependan de varones violentos (pareja, ex pareja, padre, hermanos, jefes) para su subsistencia y desarrollo. En la misma línea, Luciano sostiene que hacen falta políticas que desmonten la estructura desigual de poder entre los géneros, que reconozcan, remuneren y distribuyan los trabajos de cuidados, que erradiquen las brechas de género en el mundo laboral, que extiendan las licencias por mater y paternidad de manera remunerada, que reconozcan y remuneren las tareas comunitarias altamente feminizadas, que promuevan la organización comunitaria contra las violencias, que favorezcan el acceso a la justicia a través de sistemas unificados de denuncias y acompañamientos, que garanticen el acceso y permanencia de los varones que ejercieron violencia a espacios de atención de calidad, remunerados y supervisados. La necesidad, en resumen, de un Estado comprometido y presente.

El proceso del cambio es largo, pero es importante no olvidarnos de que es posible. Agustina subraya la importancia de las construcciones sociales en la asignación de roles y estereotipos de género. Los Minangkabau en Sumatra, la comunidad Umoja al norte de Kenia, o los Mosuo en el Tíbet se constituyen biológicamente como cualquier persona miembro de una sociedad occidental, sin embargo la categoría de violencia de género sería inaplicable, puesto que no existen esas diferencias estructurales entre géneros. Lo establecido se puede desarmar.

Nosotros, los varones

Los cambios para construir esa sociedad más igualitaria tienen distintas escalas. Hay algunas cosas que podemos hacer desde nuestras individualidades. En primer lugar, identificar y desarmar los micromachismos cuando los reconocemos en nosotres mismes pero también cuando es otra persona quien nos lo marca. Acá, les tres consideran necesario hablarles a los hombres cis para que hagan su parte. Luciano dice: Los varones cis nunca tenemos que pensar a la violencia de género como un fenómeno externo y ajeno a nosotros, no debemos pararnos por fuera o por encima, suponiendo que si no abusamos, violamos o asesinamos a mujeres y feminidades, entonces no tenemos ninguna práctica que revisar. La masculinidad normativa y las violencias de género están íntimamente entrelazadas, y por ello construimos nuestras formas de ser y estar en el mundo como varones, siendo socializados en la naturalización de esas violencias. Por ello, siempre es más productivo y potencialmente transformador hacer de la perspectiva de género una lente con la cual realizar una revisión autocrítica de nuestras prácticas, para hacernos responsables de los daños que podemos generar y así poder trabajar en repararlos y no reincidir en ellos. Y también, para poder identificar y reparar las violencias que padecimos en el camino de asumir el género masculino y ser reconocidos como tales por otros varones. En ese sentido, estas perspectivas no son una amenaza para los varones, sino una oportunidad, para ser más justos con las personas con las que nos relacionamos y con nosotros mismos. Tanto Rocío como Agustina resaltan la necesidad de que los varones rompan la complicidad masculina y levanten la voz cuando otros tienen actitudes violentas. 

Información (muy) útil

Desarmar nuestras prácticas machistas y las de quienes nos rodean también es una tarea a largo plazo y por eso nos pareció fundamental buscar concretamente qué hacer cuando vemos o conocemos a una persona que ejerce violencia de género. 

Si sos un varón que ejerce violencia podés comunicarte de lunes a viernes de 9 a 17 con la línea Hablemos al 0221-602-4003 y también consultar la página del Instituto de Masculinidades y Cambio Social.

Si identificás una situación de violencia que no te involucra, la línea telefónica 137 está disponible las 24 horas para denunciar violencia familiar y/o sexual o para pedir orientación respecto a estas violencias. Para contactar a esta línea por whatsapp, el número es 11-3133-1000.

Si sos vos quien está sufriendo violencia de género podés contactarte a la línea 144 las 24 horas o por whatsapp al 11-2771-6463 para pedir ayuda o asesoramiento. Recibir información es un derecho amparado por la ley 26.485. Agustina agrega además otros dos puntos clave si sufrís violencia de género:
1. Comunicate con un familiar o persona de confianza para que esté al tanto, y pueda ofrecer ayuda práctica​. Es importante que sepas que no sos culpable de la situación,  y que la violencia tiende a escalar, no a desaparecer.

2. Hacé un plan para protegerte: buscá refugio en algún lugar familiar pero sin brindar información o indicio de dónde vas a estar. Buscá algún momento del día en que el agresor no esté en la casa. Prepará tu DNI, los de tus hijos si tenés, libreta sanitaria, carnets, tarjetas, y un bolso básico con la ropa esencial. No tomes previamente tranquilizantes o alcohol para estar bien lúcida. En caso de que necesites volver a tu casa por más cosas, sólo hacelo en compañía de la policía.

Es necesario aclarar que, si la situación representa una urgencia, la mejor respuesta posible se va a obtener llamando al 911. 

Igual de importante es lo que dice Rocío respecto a qué hacer desde afuera hacia las personas que sufren violencia de género: La charla, la escucha, acercarse y preguntar. Muchas veces es muy incómodo, pero hay que hacerlo, hay que acompañar desde un lugar de respeto a las personas que son víctimas de violencia de género, aunque esa persona no haga exactamente “lo que yo haría en su lugar” y eso me resulte frustrante. Acompañar es también una forma de ayudar.

Entender cómo se construyen las violencias de género es necesario pero no alcanza. Precisamos tener constantemente una mirada crítica sobre lo que hacemos y lo que decimos para construir sociedades que legitimen cada vez menos estas formas de violencia.

El Gato y La Caja