Capítulo 4

Poliomielitis

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Amalia Lacroze provenía de una familia de renombre. Era sobrina nieta de Federico Lacroze, uno de los primeros impulsores del tranvía en Argentina, cuando aún era traccionado por caballos. La madre de Amalia también se llamaba Amalia, por lo que a ella le decían Amalita.

Amalita se casó con el empresario cementero Alfredo Fortabat en 1955. Ambos, en segundas nupcias, algo imposible de imaginar en Argentina hasta diciembre de 1954, cuando, luego de un conflicto histórico entre la Iglesia católica y el gobierno peronista, se sancionó la Ley 14.394, que permitía que los divorciados volvieran a casarse. La ley fue derogada poco más de un año después por la dictadura de Aramburu.

Luego de la muerte de Alfredo, en enero de 1976, Amalita se hizo cargo de la cementera Loma Negra, y su imagen pública fue creciendo, hasta el punto en que la llamaban “la reina del cemento”. No, más allá aún: al punto que fue retratada por Andy Warhol, con quien se hicieron amigos por compartir el médico que les realizaba cirugías estéticas.

Naturalmente, Amalita no tardó en convertirse en coleccionista de arte. Pero lo hizo de un modo, digamos… contundente: la primera obra que compró fue el cuadro del pintor inglés Joseph Mallord William Turner llamado Julieta y su niñera (que retrata un paisaje donde, en el borde inferior derecho, aparece Julieta Montesco, el clásico personaje de Shakespeare). La subasta duró apenas seis minutos y Amalita pagó 6 millones de dólares, todo un récord. Tanto, que la compra apareció en la tapa del diario The New York Times. Amalita puso el cuadro cerca de su pileta climatizada porque decía que los vapores le daban una atmósfera perfecta a la escena.

A principios de los años 80, los obreros de Loma Negra, que dividían su tiempo entre el trabajo y el modesto equipo de fútbol de la cementera, le pidieron a Amalita que reforzara el equipo. Y ella tomó el pedido muy en serio: contrató a jugadores y técnicos profesionales, con contratos que mejoraban incluso a los de primera división. Y además, para darle visibilidad, el 17 de abril de 1982 pagó 30.000 dólares a la selección de la Unión Soviética de fútbol —que días antes había jugado contra la selección argentina un partido amistoso— para que jugase un partido contra su equipo. Loma Negra venció por 1 a 0 y, con el tiempo, terminó jugando en primera división.

Lo cierto es que pintar el retrato de este personaje parece una tarea infinita. Todo lo que conté hasta acá son apenas unas pocas pinceladas. Nada voy a decir de su relación con el gobierno de Carlos Menem, el premio especial que inventó para dárselo a la artista plástica Marta Minujín, o el curioso hecho de que su fallecimiento, a los noventa años de edad —con su salud muy deteriorada y evidentes signos de demencia senil—, haya ocurrido seis días después del inicio de un juicio por crímenes de lesa humanidad que la involucraba. Lo importante es que nos hayamos quedado con una impresión general de Amalita, y ahora dejémosla acá por un momento. Dejémosla descansar con sus millones y sus obras de arte y sus cirugías y su equipo de fútbol de primera división. Voy a volver a ella después, cuando toque la campana final de este capítulo y precisemos, también, un poco de su sabiduría.

La poliomielitis era una enfermedad ya conocida en el momento en que empieza esta historia. Aunque hay esculturas egipcias del 1400 a. C. que retratan a personas con malformaciones típicas de la enfermedad (que afecta predominantemente a niños), el primer brote confirmado ocurrió en 1894, en Estados Unidos. Luego, durante el siglo XX, los casos comenzaron a aumentar, sobre todo en los países más desarrollados, y la poliomielitis tuvo su pico de popularidad cuando se la diagnosticaron a Franklin Delano Roosevelt, en 1921. Como resultado, Roosevelt quedó en silla de ruedas hasta su muerte, en 1945, mientras era presidente. Antes de que se lanzara la campaña global de erradicación, en 1988, la enfermedad causaba cientos de miles de casos por año en todo el mundo, particularmente en verano, y se estima que 1.500.000 niños murieron de parálisis causada por el virus a lo largo de toda su historia.

Pero para 1955, la humanidad empezaba a acercarse a la solución. Porque en ese año, mientras Amalita se casaba con Alfredo, en Estados Unidos se llevaba a cabo una de las rivalidades más fuertes de la historia de la ciencia: Sabin vs. Salk. Y esa rivalidad fue parte importante de la solución. Y sobre esa rivalidad se trata esta historia.

Jonas Salk era un investigador médico, virólogo, que se había lanzado a la aventura de intentar desarrollar una vacuna contra la poliomielitis. Claro que no era el único al que se le había ocurrido esta idea, pero él tenía la ventaja de haber trabajado con Thomas Francis, quien, al menos una década antes, había desarrollado una vacuna para influenza basada en virus inactivados, es decir, virus rotos incapaces de infectar. Con él, Salk había aprendido un montón de cosas valiosas: usar formalina para inactivar los virus, agregar adyuvantes para aumentar la respuesta inmunológica de la vacuna y, sobre todo, implementar ensayos en campo con gran número de personas.1También bajo la dirección de Thomas Francis, Jonas Salk dirigió en 1935 el primer testeo en humanos de la vacuna de virus inactivado contra influenza. Para eso, eligió una cohorte de 8000 pacientes psiquiátricos internados en dos hospitales municipales del estado de Michigan, Estados Unidos. El uso de pacientes psiquiátricos como “conejillos de Indias” para ensayos clínicos era una práctica común en la época, y no fue hasta después de los juicios de Núremberg, en 1947, que comenzaron a revisar y prohibir estas prácticas basándose en principios éticos.

La otra estrategia que se conocía en ese momento para obtener vacunas era la de virus atenuados. Esta técnica usa partículas virales enteras (al contrario de la vacuna de Salk) que, si bien son capaces de infectar, no pueden causar la enfermedad. Este tipo de vacunas se obtienen haciendo crecer virus en cultivos celulares, varias veces, hasta encontrar un aislamiento que no cause síntomas de enfermedad (en este caso, parálisis). Y quien estaba trabajando con esta línea de investigación era nuestro contrincante, Albert Bruce Sabin, un médico nacido en Białystok, en lo que hoy es Polonia pero en 1906 era Rusia. Desde allí, su familia emigró a Estados Unidos, donde Albert empezó a estudiar Odontología. Sin embargo, cuando empezó a conocer el maravilloso mundo de los virus, se pasó a Medicina.

Ahora bien, mientras la vacuna de Salk, que se administraba únicamente a través de inyecciones, se podía fabricar relativamente rápido, la que proponía Sabin llevaba mucho más tiempo. En 1936, junto con su colega Peter Olitsky, Sabin había logrado cultivar poliovirus en células embrionarias de tejido nervioso humano; un gran avance, pero, dado que las células embrionarias son muy difíciles de obtener, no era posible generar la cantidad de virus suficiente para hacer millones de vacunas. La respuesta empezó a llegar un tiempo después, cuando John Enders, Thomas Weller y Frederick Robbins, en 1948, lograron cultivar el virus de la polio en células de piel, músculo y riñón de primates en unas botellas que giran. Sí, ya sé. Me gustaría llamarlas de alguna forma más elegante, pero son eso: la idea es que las células se adhieran a la superficie interna de la botella, para lo cual se agrega un líquido con los nutrientes y se las pone a girar lentamente en posición horizontal con la temperatura controlada. Botellas que giran. Esto fue un gran avance, ya que las células de primates son más fáciles de obtener, y las botellas giratorias permitieron producirlas en masa porque el movimiento lograba que los cultivos se mantuvieran activos por más tiempo. En 1954, estos tres científicos compartieron el único Premio Nobel que se le otorgó a la investigación en poliomielitis.

Así, parado en hombros de estos gigantes y algunos más, en 1954 Salk comenzó a probar en niños su vacuna inactivada contra la polio. Obviamente, se convirtió en una especie de estrella. Incluso fue tapa de la revista Time: allí se lo ve en una ilustración, junto con varias jeringas, “atacando” a las muletas y férulas que se usaban para contener las secuelas de la enfermedad en los niños. Cuando le preguntaron en televisión si tenía pensado patentar su vacuna, Salk se atrevió a responder con otra pregunta: “¿Podrías patentar el sol?”.

Con esa fama inauguró, en 1963, el Instituto Salk para Estudios Biológicos. Y para formarlo, eligió a algunos investigadorcitos: primero, a Renato Dulbecco, quien había desarrollado una técnica buenísima para calcular la cantidad de virus que hay en un cultivo. Luego, a Francis Crick, quien había ganado el año anterior el Premio Nobel por codescubrir la estructura del ADN junto con Rosalind Franklin, Maurice Wilkins y James Watson. Y, por último, a Leó Szilárd, un físico húngaro que en septiembre de 1918, durante la Primera Guerra Mundial, cuando estaba por ir al frente en el Cuarto Regimiento de Artillería de Montaña del ejército austro-húngaro, empezó a sentir síntomas de gripe. Sí, esa gripe. Pero Szilárd tuvo suerte: gracias a sus síntomas, en vez de ir al frente de batalla, quedó en cama convaleciente. Mientras tanto, casi todo el regimiento del que participaba fue aniquilado. Luego, Szilárd emigró a Estados Unidos junto con otros científicos de su país, y en 1934 fue fundamental para comprender la posibilidad de la reacción nuclear en cadena, lo que llevó a que se pudiera desarrollar la bomba atómica. De todos modos, le escribió al presidente Harry S. Truman, en julio de 1945,2En 1939 también escribió, junto con Albert Einstein, una carta en la que le advertían al presidente de la posibilidad de que Alemania estuviera desarrollando bombas atómicas. Esa carta dio origen al Proyecto Manhattan. pidiéndole que no la arrojara sobre Japón. Se ve que no lo convenció, porque Truman arrojó dos. Pero bueno, qué equipo se armó Salk, eh.

Pero en los años 50, ante un Salk ya famoso, Sabin también logró desarrollar su vacuna. Tuvo que cultivar los virus una y otra vez hasta encontrar alguno que no causara parálisis en su modelo experimental, pero lo logró. De hecho, tuvo que hacerlo catorce veces, pero Max Theiler lo había tenido que hacer 112 veces hasta que pudo encontrar la vacuna contra la fiebre amarilla, por lo que podemos decir que Sabin tuvo suerte.

Y no fue cualquier vacuna la que obtuvo Sabin, sino una vacuna que podía administrarse por vía oral, lo que suponía muchísimas ventajas, por ejemplo, que requería mucho menos entrenamiento para quienes la administraban. Además, como las vacunas atenuadas están hechas de virus que son capaces de infectar, imitan de algún modo la infección natural, por lo que en general se dan en una sola dosis (mientras que la de Salk requería tres inyecciones distintas). La otra gran ventaja, mi favorita, es que se podía dar en terrones de azúcar, que si bien es un dato simpático, no es algo menor, como sabe cualquier persona que alguna vez haya tenido que pensar una estrategia para vacunar niños masivamente.

A pesar de todas estas virtudes, Sabin entraba a la batalla en un momento complicado: la vacuna de Salk se estaba administrando masivamente mientras su creador salía en televisión, tapas de diarios, y planeaba la construcción del instituto con los científicos más importantes del momento. Y como si eso fuera poco, el mismísimo Elvis Presley se había dado la vacuna de Salk en vivo, en la televisión, para millones de espectadores. Capaz no fui lo suficientemente enfático: estamos hablando de Elvis a mediados de los 50.3En cambio, el Elvis de los 70, cuando su salud comenzaba a deteriorarse, era otra cosa. En esos años, conoció al presidente Nixon, a quien le quiso obsequiar un arma Colt calibre .45, pero el servicio de inteligencia lo detectó y no permitieron que se la entregase. Claro, no es que se puede ir armado a la Casa Blanca así nomás. La presidencia de Nixon duró cuatro años más, hasta que William Mark Felt, que confesó su identidad en 2005 y fue conocido en todo el mundo como “garganta profunda” (un pseudónimo sacado de una película porno del momento), entregó al diario The Washington Post pruebas de que la administración de Nixon espiaba a sus opositores. El escándalo de Watergate terminó con su presidencia, y Nixon cayó en el oprobio. Cosa que no le pasó a Garganta profunda, que fue una de las películas más importantes en la historia del cine porno. Fue estrenada en junio de 1972 con la particularidad de que se exhibió no solamente en salas especializadas, sino también en salas comunes y, hasta el día de hoy, se la considera una de las películas más taquilleras de la historia. De hecho, fue uno de los primeros representantes de una tendencia en la que las películas porno empezaban a tener argumento, personajes desarrollados y bastante producción. Es una de las más importantes de lo que se llama “la época dorada del porno”, que duró desde 1969 hasta mediados de los 80. Y sí, me fui por las ramas, pero no me fui tan lejos porque esa época dorada la inauguró Blue Movie, del muy versátil y amigo de Amalita Andy Warhol. ¡Ajá! Probablemente no había persona más famosa y con más influencia en ese momento.

Dicho de otro modo, Sabin se enfrentaba a un rival difícil. Pero no se desanimó. Dos oportunidades le permitieron volver a poner en juego su vacuna. En abril de 1955, había ocurrido el incidente Cutter, en el que se registraron 40.000 casos de poliomielitis —al menos cinco de ellos fatales— por una mala partida de vacunas, de 200.000 dosis, elaborada por Cutter Laboratories. Al parecer, no habían sido inactivadas correctamente.

La otra oportunidad ocurrió mientras el régimen comunista estaba cursando una epidemia muy fuerte de la enfermedad. La vacuna de Salk no les funcionaba y Jonas no quiso tratar de arreglar el problema. Entonces, Maria Kovrigina, la ministra de Salud soviética, invitó a Sabin a pasar una estadía en Moscú. Allí, Albert los convenció de probar su vacuna.

El problema era que, hasta ese momento, la vacuna de Sabin sólo se había probado a pequeña escala, en Estados Unidos, con treinta prisioneros adultos en una cárcel, porque la mayoría de los niños, que son los más susceptibles, ya habían sido vacunados con la vacuna de su competidor. Así que la cosa era un poco arriesgada. Pero, luego de la visita de Sabin, en 1959, los soviéticos se sintieron con suerte (o estaban desesperados) y realizaron un testeo con nada menos que 10.000.000 de niños. Y fue un éxito. Tanto, que la ministra decidió vacunar con la vacuna Sabin a todos los menores de 20 años, algo así como 77.000.000 de ciudadanos soviéticos. Dos años después, se empezó a usar la vacuna de Sabin también en Estados Unidos, principalmente porque la de Salk había quedado desacreditada por el incidente Cutter. Y para 1967, el mismísimo Sabin pudo corroborar, personalmente, el éxito de su vacuna en Cuba. La partida, por fin, se había dado vuelta.

O, por lo menos, se había equilibrado. Porque, en honor a la verdad, fueron ambas vacunas combinadas lo que logró casi erradicar la enfermedad de la Tierra. La rivalidad, más que resolverse, perdió sentido.

Sin embargo, hay un detalle interesante. En porcentajes ínfimos, la cepa vacunal de Sabin puede mutar y convertirse en patógena. Porque no olvidemos que la vacuna de Sabin es una vacuna a virus vivo. Virus que pueden replicar y cuyo mecanismo de replicación puede, de nuevo, en ínfimas proporciones, cometer errores y volver a convertirse en la cepa patogénica. Algo que, al tratarse de virus destruidos, con la de Salk no sucede. O sea, que la misma vacuna que llevó a reducir los casos en todo el mundo es la que no permite su completa erradicación. Por eso, para lograr la erradicación total, es importante que los países vayan abandonando la vacunación con la vacuna de Sabin para usar solamente la de Salk. En Argentina, esa campaña, llamada “Chau polio, gracias Sabin”, se inició en medio de la pandemia por COVID-19 y consistió en eliminar del calendario la vacuna a virus vivo para usar solamente la de virus inactivados. Estados Unidos, con la misma idea, dejó de administrar la vacuna de Sabin en el año 2000.

O sea que, a la larga, podríamos decir que ganó Salk. Si no fuera que había también, en esta rivalidad de las vacunas, un tercero. En realidad, una tercera. Isabel Morgan,4Isabel venía de una familia de científicos; su padre, Thomas Hunt Morgan, y su madre, Lilian Vaughan Sampson, habían encontrado, trabajando en moscas de la fruta, una mutación que provoca que sus ojos sean blancos en lugar de rojos, como son en la naturaleza. Estudiando su herencia, iniciaron el campo de la genética clásica. A Thomas le dieron el Premio Nobel en 1933, a Lilian, no. Cuentan que hacían crecer las moscas dentro de botellas de leche que Thomas les pedía a sus becarios que se robaran de las casas de los vecinos. una investigadora de la Universidad de Johns Hopkins, de Estados Unidos, fue la primera en obtener un candidato vacunal a virus inactivado con formalina. Fue ella quien abrió la puerta hacia la vacuna, pero no obtuvo un lugar más destacado en la historia porque se rehusaba a probarla en humanos (aunque sí observó que era capaz de proteger monos). Vaya aquí, para ella, el merecido reconocimiento que le debemos.

Si algo aprendimos, entonces, es que rara vez las cosas se reducen a uno o dos protagonistas. Contar cómo empezamos a erradicar la poliomielitis solamente a través de Salk o de Sabin, incluso de Morgan, es simplificar demasiado una historia tan repleta de polémicas. Por lo menos dos personas más quiero mencionar: Hilary Koprowski y Eugenia Sacerdote.

Koprowski fue, en realidad, quien obtuvo, en 1949, la primera vacuna contra la polio que se probó en humanos. El problema es que la historia no le guarda mucho cariño porque esos humanos eran niños. Y no simplemente niños, sino pacientes internados en el Letchworth Village, un instituto para personas con deficiencias físicas y mentales. Afortunadamente, de veinte niños vacunados, dieciséis desarrollaron anticuerpos y ninguno sufrió complicaciones. Pero no está claro si Koprowski había obtenido previamente el consentimiento de los padres, así que, más allá de los resultados, la cosa bordeaba bastante lo ilegal. Para ese entonces, aún no estaba desarrollado el método de Enders, el de crecer poliovirus en cultivos celulares de mono (lo de las botellitas giratorias), por lo que Koprowski atenuaba el virus pasándolo por tejido cerebral de ratones vivos.5Antes de desarrollar los cultivos celulares, los virus atenuados se obtenían normalmente por técnicas similares. Por ejemplo, la vacuna contra la rabia se obtuvo a través de pasajes en cerebro de conejo. Algunas fuentes dicen que Sabin desarrolló su vacuna a partir de una muestra de poliovirus atenuado que recibió de Koprowski. Pero en una conferencia sobre poliomielitis que tuvo lugar en 1951, a la cual Sabin y Salk habían asistido, Koprowski contó su experiencia con la inoculación de niños con virus vivos, y la audiencia quedó horrorizada. El mismísimo Sabín le gritó: “¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué? ¿Por qué?”.

Como si esto fuera poco, en 1992 salió un artículo en la revista Rolling Stone que planteaba (falsamente) que el VIH se había originado a raíz de la vacuna de Koprowski, y todo terminó en demandas y retracciones, como corresponde a un buen escándalo.

Un último detalle: Koprowski se llamaba Hilary, pero era hombre, lo cual no debería llamarnos para nada la atención, a lo sumo, hacernos reflexionar sobre nuestros prejuicios. Al fin y al cabo, la otra persona que quería mencionar es Eugenia Sacerdote, quien, desafiando nuestras intuiciones, nunca fue sacerdote; por el contrario, fue una médica italiana radicada en Argentina que trajo al país la vacuna de Salk en 1956, luego de una visita a la Organización Mundial de la Salud. Pero Eugenia tampoco estuvo libre de polémicas: para demostrar su confianza en la vacuna, se inoculó a ella misma y a sus hijos antes de que las autoridades del Ministerio de Salud la hubieran aprobado (como Lady Montagu, ¿se acuerdan?). En algunas entrevistas, Eugenia contaba que trabajaba investigando la enfermedad con muestras de pacientes en el Instituto Malbrán de la Ciudad de Buenos Aires, y que al final de cada día, en el jardín del Instituto, rociaban con nafta todo el material que habían usado durante el día y lo prendían fuego. Aún no estaba claro cómo se contagiaba el virus, y lo más seguro era quemar todo.

Otro dato que me encanta de Eugenia es que estudió en la Universidad de Turín con su prima, Rita Levi-Montalcini (quien descubrió el factor de crecimiento nervioso), Salvador Luria (que trabajaba con virus que infectan bacterias) y nuestro ya conocido Renato Dulbecco. Estos tres últimos emigraron a Estados Unidos (Luria, obligado por las leyes antisemitas del fascismo; los otros, posteriormente) y ganaron, un tiempo después y cada uno por su lado, el Premio Nobel de Medicina.

Pero ya estamos llegando al final y todavía no hablamos de la enfermedad en sí. Así que allá vamos: el virus se transmite de persona a persona principalmente por vía fecal-oral, pero durante mucho tiempo, incluso cuando ya habían desarrollado la vacuna, se creyó que la transmisión era aérea. Por ese motivo, la vacuna de Sabin era eficiente al administrarse por vía oral: porque el virus que causa la enfermedad entra por esta misma vía.

La poliomielitis afecta sobre todo a los menores de 5 años y, en 1 de cada 200 casos, produce una parálisis irreversible en las piernas. De estos, 1 de cada 10 fallece porque la parálisis se extiende a los músculos respiratorios. El principal daño se genera cuando el virus pasa del sistema digestivo al sistema nervioso, es decir, cuando atraviesa la barrera hemato-encefálica. Hoy sabemos que el virus que obtuvo Sabin no es capaz de llegar al sistema nervioso, por eso no causa daño en las personas vacunadas y le da tiempo a su sistema inmunológico de montar una respuesta protectiva.6Siempre me gustó mucho la expresión “montar una respuesta”.

Existen tres cepas distintas del virus, dos de las cuales ya están erradicadas (la 2 y la 3, porque la naturaleza nunca respeta el orden que nosotros les ponemos a las cosas). Actualmente, sólo se registran brotes del serotipo 1 en Pakistán y Afganistán, donde distintos factores, como las migraciones, los conflictos bélicos e incluso el accionar de grupos fundamentalistas religiosos, muchas veces dificultan el trabajo de los comandos de vacunación.

Como epidemia, la poliomielitis siempre mostraba picos de contagios en el verano, mientras que los casos declinaban durante las estaciones más frías. Pero, al parecer, esto no tiene que ver directamente con las temperaturas. Si tenemos en cuenta que hasta la década del 60 no se acostumbraba a agregarles desinfectantes a las piletas, estas (en particular, las públicas) pudieron haber sido una gran fuente de contagios ya que, como dije antes, la vía de contagio principal es la entrada de restos de materia fecal contaminada con virus por la boca. Por eso, durante la estación de polio, los padres temían que sus hijos salieran de las casas. En Argentina se pintaban los troncos de los árboles con cal porque se creía que tenía capacidades antivirales y, además, podía servir para corroborar si los niños habían salido sin permiso, porque de hacerlo era probable que mancharan su ropa de blanco. También les ponían una bolsita con alcanfor colgando del cuello, con la esperanza de que eso pudiera protegerlos. Hasta hay quien recuerda vehículos rastrojeros pasar por la calle echando nubes de Gamexane, nombre comercial de un poderoso insecticida que hoy está prohibido por ser peligroso para la salud y, además, muy persistente en el ambiente.

En Estados Unidos, en cambio, durante el brote del verano de 1951, en el que se registraron más de 60.000 casos en ese país, se popularizaron los autocines como modo de continuar los entretenimientos, pero minimizando riesgos de contagio. También se comenzó a usar cloro para mantener seguras las piletas, una reglamentación que sigue vigente hoy en día. Fueron tiempos extraños, en los que la llegada del verano y el ascenso de la temperatura, lejos de fomentar que la gente hiciera planes, los empujaba a cancelarlos. Excepto, claro, todas estas personas maravillosas de las que hablamos, cuyos planes consistían en desarrollar una vacuna que salvara miles de vidas.

Lo cual me recuerda que es hora de recuperar a nuestra Amalita Fortabat, que la dejamos abandonada allá al comienzo de esta historia. Fue ella quien, en una entrevista que dio a la revista Noticias en 1998, declaró: “Una vez me pregunté si todo esto tenía sentido, si mi misión en el mundo no era otra. Pensé muy seriamente en dejar todo e ir a trabajar con los pobres al África. Al final no fui por el calor. Yo sufro mucho el calor”.

Qué macana.