El Gato y La Caja
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Cólera

17min

El 21 de junio de 1829, Juan Galo de Lavalle, un general unitario y descendiente directo del conquistador de México, Hernán Cortés, llegó a Cañuelas a reunirse con, tal vez, su mayor enemigo: Juan Manuel De Rosas. Eran los tiempos de la guerra civil en Buenos Aires, cuando cualquier viento traía olor a pólvora. Seis meses antes, Lavalle había mandado a fusilar al gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego, y ejercía desde ese momento la gobernación de facto, aunque su poder mermaba cada día.

El viaje hasta Cañuelas había sido largo, 35 kilómetros a caballo por la pampa húmeda, esa extensión interminable de pastos que en aquella época todavía se conocía como “el desierto”. El caballo estaba cansado; Lavalle, también. Pero cuando llegó a la Estancia La Caledonia, donde Rosas había establecido el campamento que le servía de cuartel general, Lavalle se encontró con que el jefe de los federales no estaba: Rosas había salido a hacer una recorrida e iba a tener que esperarlo algunas horas. Lavalle, inconsciente o temerario, se acostó a dormir una siesta en la mismísima cama de Rosas, que no estaba en la edificación principal (donde vivían los Miller, dueños de la estancia), sino en una casilla de servicio. No está claro si lo invitaron o si se tomó el atrevimiento él solo. Lo que sí se sabe es que, cuando Rosas volvió de su recorrida, encontró una escena extraña: su rival dormía plácidamente. Dormía indefenso, y él tenía un cuchillo. Dormía solo, y él tenía un ejército. 

En vez de matarlo, Juan Manuel lo despertó con un mate.

Bueno, al menos a mí me gusta pensar que así fue como ocurrió. Capaz el mate fue más tarde. Pero lo cierto es que Rosas no lo mató. En lugar de eso, se reunieron y, en los días sucesivos, tuvo lugar lo que luego se conoció como Pacto de Cañuelas. No voy a contar la historia del Pacto de Cañuelas, porque lo que yo quería contar es que el mate que tomaron esa tarde era mate de leche. Hoy en día puede resultar gracioso pensar en dos de los militares más importantes del país tomando mate de leche, pero en aquel entonces era bastante común, no sólo hacerlo con leche, sino también muy dulce. 

El punto es que, según cuentan, la cocinera encargada de hacer el mate para los generales se olvidó la leche con azúcar en el fuego mucho tiempo y se quemó. De hecho, algunas versiones dicen que la razón por la que ocurrió el olvido fue, justamente, haber visto en el catre al enemigo jurado de su patrón. Pero Rosas, en lugar de hacerle tirar el resultado a la pobre cocinera, lo probó con una cucharita. Y le encantó. Esa es la leyenda de cómo nació el dulce de leche. Y, en mi humilde opinión, es un desperdicio de leyenda. Sería mejor contar que así fue como nació la costumbre de comer dulce de leche directamente del pote, con una cucharita, parado en la cocina, que es tal vez la única cosa capaz de ganarle al dulce de leche mismo.

Igual, es bastante probable que la historia no sea verdadera porque hay una muy similar con el nacimiento de la sopa paraguaya y Carlos Antonio López que, entre 1844 y 1862, fue el presidente —de hecho, el primer presidente— de Paraguay. 

Carlos comía todos los días una sopa hecha con leche, queso, huevos y harina de maíz, que se llamaba tykuetï. Todos los días a la misma hora. Él era muy metódico y, además, era el presidente. Y medio que no podías contradecir al presidente a mediados del siglo XIX, así que el tykuetï ocurría en el palacio presidencial con una constancia religiosa. 

Pero un día, según cuenta otra leyenda, la cocinera del palacio agregó sin querer demasiada harina de maíz a la mezcla. Cerca del mediodía, se encontró con dos problemas: el primero era que la mezcla era demasiado espesa para ser un tykuetï; y el segundo, que el presidente estaba por llegar. Entonces hizo lo que todas las personas en relación de dependencia hicimos alguna vez: improvisar para zafar. La cocinera siguió adelante, puso la mezcla en el horno y le quedó una especie de bizcochuelo salado. Cuando Carlos llegó, se la hizo probar, y a él le encantó. Tanto le encantó, que en un arranque de patriotismo la llamó “sopa paraguaya”. A partir de ese entonces, quedó instalada la costumbre de la sopa paraguaya al mediodía.

Bueno, no sé si son tan parecidas las historias, pero se parecen en los detalles. Y eso nos lleva de algún modo al punto al que quería llegar. Y ese punto es el cólera.

El cólera es una enfermedad, y la responsable de esa enfermedad es la bacteria Vibrio cholerae, que fue descubierta por Robert Koch en 1883. Koch ya era famoso en esa época porque también había descubierto el bacilo de la tuberculosis y era el principal rival de Louis Pasteur. Esa rivalidad llegó a su fin con el batacazo del francés, cuando descubrió la vacuna de la rabia. 

El síntoma principal del cólera es una deshidratación muy rápida y peligrosa. El bacilo que la causa se transmite sobre todo por el agua contaminada, y se reproduce sobre todo en verano, por lo que, al disminuir las temperaturas en las zonas afectadas, suelen también bajar los casos. Por esto mismo es común observar distintos ciclos de infección a través de los años.

Se registraron seis pandemias de cólera desde la de 1817, en la India, hasta la última, que se inició en 1962. Actualmente es endémica en varias regiones del mundo y, por año, se generan entre 1,3 y 4 millones de casos de esta enfermedad; y entre 20.000 y 143.000 muertes. Sí, yo también me asombré por el rango tan amplio, pero así está en la página de la Organización Mundial de la Salud. 

La tercera de esas seis pandemias pegó fuerte en Europa. Y en Londres, mató a más de 10.000 personas. Fue entonces, en 1854, cuando John Snow —no el Rey en el Norte, sino el médico— identificó que los focos de la enfermedad se acumulaban en zonas donde el agua estaba contaminada con heces. Acto seguido, cartografió los pozos de agua de la ciudad y así pudo identificar el de Broad Street como principal sospechoso de generar el brote. Una vez clausurado el pozo por sugerencia de John, los casos empezaron a disminuir. Esto sentó las bases teóricas de la epidemiología. Un mérito nada menor. Hoy, justo donde estaba ese pozo, se erige el John Snow Pub, para homenajearlo como a los ingleses más les gusta: tomando cerveza. Es que Snow no hizo sólo un mapa, hizo una representación estadística sobre el mapa en lo que se considera, junto con los gráficos de Florence Nightingale (una enfermera que demostró que las medidas de higiene en un campamento de guerra podían salvar muchas vidas), las primeras visualizaciones de datos de la historia.

Pero las bacterias viajan. Viajan mucho y viajan lejos. Y durante esa misma pandemia, el cólera finalmente llegó a América. Para 1867, ya se había empezado a esparcir cómodamente en los campamentos brasileños de la guerra del Paraguay. Como en esa guerra Argentina y Brasil eran aliados, rápidamente se detectaron casos en el ejército argentino, particularmente en el campamento de Tuyú Cué, a cargo de Lucilo del Castillo, un médico, permítanme decirlo, con un nombre precioso. 

Luego, a través de los soldados que volvían del frente, el cólera llegó a Rosario primero y a Buenos Aires después, donde generó un brote muy importante que mató, el 2 de enero de 1868, al vicepresidente Marcos Paz. Él estaba ejerciendo la presidencia porque Bartolomé Mitre, que era el presidente electo, estaba al mando de las tropas argentinas en la guerra del Paraguay. 

Pero Marcos Paz no fue la única víctima, a lo sumo fue la más prominente. La epidemia hizo estragos en Buenos Aires y empezó a llenar el cementerio de la Recoleta, una especie de adelanto de lo que pasaría apenas tres años después con la epidemia de fiebre amarilla. 

De hecho, se calcula que durante el brote de cólera de 1868 murieron por esa causa no menos de 3000 porteños, según dice el libro El cólera en la República Argentina, del Dr. José Penna. Otras versiones hablan de alrededor de 2000, pero me quedo con Penna porque me gustan las tragedias (y a ustedes también, miren el libro que están leyendo) y además porque él fue de los primeros médicos en aceptar el postulado de Koch sobre el origen de la enfermedad, rompiendo con el paradigma que todavía predominaba en la comunidad médica y científica, que sostenía que la transmisión de las enfermedades se producía a través de miasmas, esas emanaciones fantasmagóricas de los cuerpos enfermos hacia los sanos.

Pero eventualmente el brote remitió, acaso por el frío o por otros factores, y por un tiempo la cosa anduvo tranquila. Bueno, no. En realidad hubo otra epidemia fuerte de cólera en Buenos Aires en 1886 y 1887, que llegó al norte del país, y otra que se inició en 1895, en Santa Fe. Pero después de eso la cosa sí anduvo tranquila. Al menos hasta el 12 de octubre de 1910, día en que Roque Saenz Peña asumió la presidencia. En ese mismo momento, llegó la noticia de que el cólera amenazaba de nuevo. Su sombra se agitaba en el Araguaya, un buque a vapor que provenía de Inglaterra y Francia y que transportaba a varios inmigrantes con destino final a Buenos Aires. Durante el cruce del Atlántico, habían muerto de cólera al menos cuatro pasajeros. Pero para ese entonces, el Dr. Penna estaba a cargo del Departamento Nacional de Higiene y tenía el poder de introducir nuevas estrategias para evitar el contagio de enfermedades, sobre todo a partir de los postulados de Koch (como les conté, él era de los pocos que los aceptaba y aplicaba en su trabajo). Rápidamente, Penna recurrió al aislamiento, desinfección y control de los enfermos, lo que fue crucial para evitar otra epidemia. 

La estrategia principal se basaba en el hecho de que los individuos sanos podían transmitir la enfermedad. Penna entrenó a Salvador Mazza, un médico recién recibido, para ponerlo  a cargo del laboratorio de bacteriología del Hospital de Aislamiento de la isla Martín García. En este hospital de aislamiento (o lazareto), se sometió a estudio a todos los pasajeros del Araguaya y de los barcos que provenían de zonas donde circulaba la enfermedad para determinar si eran portadores, aunque no presentasen síntomas. Bueno, a todos los pasajeros no. Solamente a los de tercera clase. Hay cosas que nunca cambian. 

Mazza, luego, fue co-descubridor del mal de Chagas-Mazza, que transmite la vinchuca y que actualmente es endémico en varias zonas de nuestro país. Penna, por su parte, le dio el nombre a más de un hospital en Argentina. Y la isla Martín Garcia, bueno, sigue ahí, claro: es una isla.  Actualmente se la puede visitar: para eso hay que tomar una lancha que sale desde Tigre, Provincia de Buenos Aires, y son alrededor de dos horas de navegación. Viven algo más de cien personas y, a pesar de estar a más de 85 kilómetros, depende administrativamente de La Plata. 

Además de contar parte de la historia de la salud pública en Argentina, la isla también fue el centro de detención de presidentes depuestos por dictaduras: alojó a Hipólito Yrigoyen, Marcelo Torcuato de Alvear y Arturo Frondizi. 

Pero mucho antes de eso, en 1838, Lavalle (el del mate de leche ¿se acuerdan? Fue hace un montón de páginas eso) organizó en Martín García un ejército de mil soldados (un número bastante difícil de chequear) al que llamó la Legión Libertadora (nombre que retomarían luego quienes hicieron el golpe de Estado a Juan Domingo Perón en 1955) y cuyo propósito era apoyar una sublevación en contra del gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas. A esta sublevación le fue bastante mal y Lavalle comenzó a desplazarse hacia el norte, dando algunas batallas todavía. Pero no llegó a atravesar la frontera. El 9 de octubre de 1841 fue asesinado en Jujuy por, según cuenta una historia, una bala disparada por un federal apodado El Negro Bracho (otro gran nombre). Al parecer, la bala del Negro Bracho habría atravesado la cerradura de la puerta de su refugio, por donde Lavalle estaba espiando, para alojarse en su cabeza. Lamentablemente para los que nos gustan las buenas historias, sobre todo cuando son reales, las reconstrucciones balísticas más actuales sostienen que esta hipótesis es imposible. 

La cuestión es que, aunque parece olvidada y frágil, la isla Martín García vio de todo durante su existencia. Es de algún modo como el jarrón de la casa de mis viejos (si no sabés de qué jarrón hablo, es porque no leés las notas al pie. Qué bonito, eh, con el trabajo que me tomo al escribirlas). Y la verdad que no recuerdo por qué estamos hablando de la isla Martín García, pero ya llegué hasta acá así que tiro dos datos más: por un lado, hay algo misterioso y es que todas las cruces de las tumbas de su pequeño cementerio están inclinadas hacia la derecha, y nadie nunca pudo explicar por qué. Por otro lado, la isla fue usada como campo de concentración para poblaciones originarias entre 1871 y 1886, según material de archivo de la Armada. 

La historia de las poblaciones originarias en Argentina es larga, triste y complicada. No voy a meterme ahí. Baste con decir que, además de todo, fueron de las poblaciones más golpeadas por la epidemia de cólera de los años 90 del siglo XX. 

Lo cual me recuerda:

El 14 de febrero de 1992, el vuelo 386 de Aerolíneas Argentinas, que cubría la ruta Buenos Aires-Lima-Los Ángeles, aterrizó en suelo estadounidense. Llevaba 336 pasajeros y 20 tripulantes. Al parecer, en la escala en Lima, los camarones que cargaron para la cena estaban un poquito contaminados. Pocos días después, se detectó cólera en 76 pasajeros y uno de ellos murió. A partir de ese hecho, el gobierno argentino lanzó una campaña comunicacional en todos los medios para combatir la enfermedad. El Sistema Teleducativo Argentino se encargó de la difusión, la cual estaba dirigida a distintas clases sociales, con mensajes muy fuertes y usando, sobre todo, metáforas bélicas. Ese es el brote que muchos de nosotros recordamos. El de las gotitas de lavandina en el agua, los veranos sudorosos al lado de ollas hirviendo. En las tandas publicitarias de los dibujos animados, la tele nos enseñaba a cuidar la higiene. Muchas de las costumbres que tenemos hoy en día, como lavar la fruta antes de comerla, arraigaron en esa época y ya no las cuestionamos. Quizás, gracias a eso, no volvimos a tener epidemias de cólera tan severas. 

Pero no podemos quedarnos a principios de los 90 (cosa que quisiera porque eso significaría que tengo ocho años). Tenemos que volver a la guerra del Paraguay, ciento treinta años antes, cuando el presidente Mitre tuvo que volver de la guerra por culpa de la epidemia. O porque no le estaba yendo muy bien al mando del ejército. De hecho, había perdido en Curupaytí, una de las batallas más importantes, tan increíblemente boceteada por Cándido López y pintadas un tiempo después, cuando aprendió a hacerlo con su mano izquierda, porque en esa misma batalla una granada le voló la derecha.

Como pasa con la mayoría de las guerras, los patógenos fueron fundamentales en la resolución de la guerra del Paraguay. Sobre todo cuando el cólera llegó al ejército paraguayo. Hay quienes dicen que en el ejército paraguayo el cólera se dispersó mucho más rápido gracias a que ellos compartían tereré, cuya agua fría no inactivaba el bacilo como sí lo hacía, al menos en parte, el agua caliente del mate que compartían los uruguayos, brasileños y argentinos. Sí, los brasileños también tomaban mate: lo llaman chimarrão y lo sirven en cuias, que son como unos mates gigantes.

A pesar de la enorme diferencia numérica y la alianza de tres países (con la ayuda de Inglaterra) contra un sólo país, la guerra duró cinco años. Cuando inició, Mitre pensaba que no superaría los tres meses, pero les dije que Bartolomé no era bueno para la estrategia bélica. En Paraguay murieron prácticamente todos los hombres. Incluso, en las última batallas, pelearon muchas mujeres y niños con bigotes pintados. A medida que perdía territorio, el presidente Francisco Solano López y sus hombres iban fundando la capital de Paraguay de nuevo. Se retiraban y la volvían a fundar un poco más lejos, una y otra vez, hasta que llegó la última batalla de la guerra, la de Cerro Corá, que hoy es parte de la provincia de Corrientes.

En esa batalla, finalmente, Francisco Solano López murió. No se sabe si sus últimas palabras fueron “muero por mi Patria” o “muero con mi Patria”. Y puede parecer un detalle menor, una palabrita, un par de letras, digamos. Pero esas letras cambian todo el significado. Al fin y al cabo, dicen que en los detalles se esconde lo importante. Lavar la fruta antes de comerla es un detalle. Estas historias están conectadas a través de sus detalles. Francisco era conocido también por cuidar los detalles: en todas las reuniones oficiales servía sopa paraguaya, en homenaje a su padre.

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Eduardo vea

19/02/2021

Eduardo vea

Muy ameno el relato.

Fabiana Colombo

09/02/2021

Fabiana Colombo

Genial. Amo aprender y enterarme de detalles tan pintorescos y no tan detalles de la historia de mi país, que tan olvidada la tenemos. Alejada totalmente de ella, me encanta reencontrármela como así, de casualidad, de cuento. Gracias!

Rocío F.

22/01/2021

Rocío F.

Genial capítulo, Carba ! Yo haría una mención al libro “El amor en los tiempos del cólera” sólo porque lo amo jaja Y ojalá más gente supiera quién fue el Dr Penna, muy groso de verdad.

Stella Núñez

14/01/2021

Stella Núñez

Interesantísima,ma ,ma ..

Más quiero seguir leyendo.

Lisandro Ramirez

14/01/2021

Lisandro Ramirez

Hermoso. Va como piña el artículo. Quizás les sirva esto que encontre: http://sama-org-ar.onlinewebshop.net/medicina_antropologica_rev1.pdf

Mary Stella Corsaro

13/01/2021

Mary Stella Corsaro

Hermosa historia. Lo del dulce de leche está en varias culturas, todos tienen una historia del cocinero distraído.

Leandro Torres

13/01/2021

Leandro Torres

El Gato es el ejemplo perfecto de que se puede hacer ciencia, y aprender de ella , , de una forma llevadera, entretenida y hasta cómica. Sigan así ❤️

Mauricio Vázquez

12/01/2021

Mauricio Vázquez

Lo mejor de sus libros son lo entretenida y llevadera que hacen una lectura con tanta información, me gustó mucho, quizás merecería una mención especial la labor del Dr. Olindo Martino durante la epidemia de cólera de los 90 en la región (y por sus aportes vinculados a las enfermedades infecciosas y la medicina tropical).

Yamila Espinosa

12/01/2021

Yamila Espinosa

Hola! Muy entretenido e interesante de leer! Lo único es que la localidad argentina de Cerro Corá está en Misiones, no en Corrientes y que la Cerro Corá donde fue la batalla sí es una localidad de Paraguay, cercana al límite con Brasil. Corrijame alguien si me equivoco porfa.
Espero ansiosa el libro. Sigan así!

Luisina Battiston

12/01/2021

Luisina Battiston

Cada vez mejor el material de divulgación que producen!!
Me encanta tu toque de humor Carba! Escribís zarpado!
Que paso con el jarrón? No nos dejes así!
Espero el libro!

Florencia Haussaire

12/01/2021

Florencia Haussaire

Me encantó! Y me hizo acordar a un viejo chiste en el que confluían info de prevención del cólera y del HIV, alguien que confundido le puso dos gotitas de lavandina al preservativo…
(Después de seguir tu “breve podcast” te leo y me sale tu voz en la cabeza, se extraña!!)

Coral López

12/01/2021

Coral López

Genial!! Una manera entretenida de aprender o repasar la historia con el agregado de *detalles*. Muy muy bueno!

Horacio Belloni

12/01/2021

Horacio Belloni

Cerro Corá no forma parte de la provincia de Corrientes, es territorio paraguayo. Y creo que a al comandante de un ejercito que mató a todos los hombres y niños de un país bien le cabe el nombre de “genocida”.

Guille

11/01/2021

Guille

Carba, lindo artículo.
Cerro Corá, el de la batalla, queda en el departamento de Amambay, Paraguay, cerca de la frontera con Brasil y no en Corrientes.
Otro dato bueno que tiras es el de la Isla Martin García como campo de concentración luego de la campaña al “desierto” de Roca, al respecto solo mencionarte que es una afirmación en disputa y con la que estoy de acuerdo, hay historiadores que vienen buscando instalarla y defendiéndola (Nagy y Papazian son dos de ellos, hay bastantes papers para leer online), esto porque no es “según el material del archivo de la armada” sino a partir de lo que los historiadores interpretan de él (muchos te pueden señalar que campos de concentración hay desde la Segunda Guerra Mundial). Esto capaz es medio de hincha bolas.
Por último, si podés, menciona que a Pocho, cuando vice, también lo mandaron a Martin García en octubre de 1945, es un dato de color importante (igual para el 17 hace días que ya estaba en Bs. As. en el hospital militar)
Saludos y esperamos el libro.

Sofía Cerbino

11/01/2021

Sofía Cerbino

Me encantó la mezcla de historia con ciencia, más unidas que nunca. Sin más, espectacular!

Natii Oertel

11/01/2021

Natii Oertel

Excelente, muy entretenida y llevadera. Me encanta aprender datos y cosas, cuando la lectura está desarrollada de esta manera

Mariana Matovich

11/01/2021

Mariana Matovich

Muy muy bueno!! Una para chequear (no tengo EL dato preciso)… ¿Cerro Corá no es en Misiones?

ramirete

11/01/2021

ramirete

la nota al pie del jarrón qué onda ? jajajajja mal ahí eh eh eh ! por otro lado no nos metamos con el dulce de leche porque todes sabemos que no es invento argentino #nocierto ?

Mónica Córdoba

11/01/2021

Mónica Córdoba

Muy buena! Un detalle: la epidemia de cólera no fue en febrero del 92 sino del 91. Saludos!

El Gato y La Caja