Acerca del último hombre que vio a Perón

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Este fragmento forma parte del proceso abierto de Profano, un proyecto sobre los seres humanos, su biología y su cultura, sus historias, sus múltiples formas de vivir la vida y de lidiar con la muerte. 

En Argentina no hay tanatólogo más importante que Ricardo Péculo. Acordamos encontrarnos en la Universidad Nacional de Avellaneda, institución en la que es docente. Llegó media hora más tarde. No ensayó ninguna disculpa. Tampoco la pedí. Aunque no me conoce y si bien no le hice ninguna seña, se me sentó enfrente. Por un momento me asusté; pensé “este hombre tiene poderes, de otra manera ¿cómo podría haber adivinado que era yo quien lo estaba esperando?”.  

Me di cuenta quién eras por la foto de Whatsapp.  

Para Péculo, el único cajón es el de la mesita de luz. Cree que quien aprende a abrazar a la muerte vive mejor. Afirma que los adultos educan mal a los niños porque los abuelos no van al cielo y las mascotas no se escapan a ningún lado cuando mueren. Se fastidia cuando escucha que ser funebrero es un negocio redondo —porque “total todos mueren”—; y asegura que la gente prefiere gastar más dinero en el último celular que en el último suspiro. Fuma muchísimo y tose al compás. Su cuerpo parece moldeado de acuerdo a su oficio; las palabras se le funden en las manos. Cuarenta años de trayectoria lo convierten en el funeral planner más famoso del país. 

Sugiere que hay que prestar atención a los vecinos que tendremos en el cementerio, a los tipos de ataúdes y a la psicología de los deudos. Tiene la voz grave, quemada de tanto cigarrillo. Se sabe pintón, esbelto, galán. Sus ojos suelen avisar cuando está a punto de reírse y se achinan. Su discurso es tan atractivo como desprolijo: no recuerda una sola fecha pero sí el afecto de su familia. 

A inicio de los 60, su madre tenía un bazar y su padre era electricista. La historia de Paraná comenzó en la cabeza de su hermano Alfredo, que decidió inaugurar una cochería en Villa Adelina y, sin demasiados rodeos, escogió nombrarla de la misma manera que la calle sobre la que vivían. Y Ricardo, que a los doce años era “tan vago como farolero”, vio allí una buena oportunidad para acariciar la libertad. “Lo que más me gustaba era salir de noche y manejar. A veces había que llevar cuerpos a localidades lejanas y era impresionante. Imaginate eso a mi edad, cuando nadie más tenía auto. Sentía que podía conquistar el mundo”, explica entusiasmado. Con el tiempo, por la sagacidad de Alfredo y la calidez de Ricardo, la familia consiguió instalar y poner en funcionamiento trece sucursales que promediaban los cuarenta servicios diarios. 

—Su hermano era un visionario. Pasaron de tener una cochería en Villa Adelina a constituirse en la empresa del rubro más importante de Argentina. 

Mi hermano era un fenómeno. Estaba acostumbrado a viajar y a traer fórmulas de los servicios fúnebres del extranjero. Sin embargo, las recetas que se utilizaban en otras regiones no servían. Por una simple razón: la muerte es un acontecimiento cultural y las culturas varían de acuerdo a los contextos. 

Alfredo traía las ideas y Ricardo las pasaba al castellano. El primer experimento exitoso fue de corte gastronómico. Los Péculo sabían que en el pasado, durante las ceremonias de despedida, las familias cocinaban asados para agasajar a los visitantes que se acercaban al acto de despedida en señal de amistad. Con este recuerdo —y al ver lo que ocurría en el viejo continente— decidieron ofrecer café y sanguchitos de miga a los deudos. 

La primera vez que repartimos comida nos miraban raro, lo consideraban una falta de respeto. Sin embargo, nos causaba gracia ver cómo, a las tres o cuatro horas, se habían comido todo. Si bien a algunos familiares se les cierra el estómago y expresan la tristeza de esa manera, otros tal vez más lejanos del difunto quieren alimentarse o tomar algo caliente. Y eso debía ser considerado”, dice

A fines de los 90 Alfredo vendió Paraná a un grupo de Estados Unidos que, en 2008, hizo lo propio con uno español. Y Ricardo aprendió mucho. Aunque en la empresa pasó por todos los sectores —se encargó de ir a buscar los cuerpos, de prepararlos, de diseñar honras temáticas, manejar carrozas y autos—, se especializó en tanatología exequial. Como expliqué más temprano en el libro, los funebreros se ocupan de aquellas tareas que sobrevienen a la defunción, de la tanatoestética y la tanatopraxia; técnicas y métodos para presentar el cuerpo en buenas condiciones con el propósito de que la gente “se pueda despedir de un familiar y no de un cadáver”. Es curioso porque se interviene al difunto para agradar a los vivos. ¿De qué se trata este proceso de embellecimiento? Todos los individuos desarrollan gustos y pasiones particulares. Para Ricardo, la mejor manera de recordar a los difuntos es a partir de una ceremonia que los identifique en toda su plenitud. “Más allá de los ornamentos religiosos, en los velatorios temáticos también se incorporan accesorios. Si la persona disfrutaba del golf y pescar, sumamos los palos y la caña”. Y completa: “el sitio donde vamos a yacer debe representarnos. Cada vez que se muere un funebrero, lo ubican en el mejor ataúd —el presidencial— y no lo comprendo. El mío será sencillo porque mi vida fue sencilla”

Sus servicios fueron contratados para figuras de envergadura y relevancia pública como Arturo Frondizi, Carlos Menem Jr. y José Luis Cabezas. “En el caso de Cabezas decidí que el ataúd fuera cargado al hombro. Un humilde homenaje que se me ocurrió implementar de manera espontánea”, apunta. En aquella ocasión, como un maestro de ceremonia, ordenó a los camarógrafos que levantaran sus cámaras y tomaran imágenes en altura; imágenes que luego recorrieron el mundo. 

En este sentido, aunque asegura que al momento de hacer un servicio cualquier persona es tan importante como el Che Guevara, no le tiembla la voz cuando afirma que nunca sintió tanto peso en sus huesos como cuando, en 2006, trasladó los restos de Juan Domingo Perón. Fue el trabajo “más terrible” de su carrera. Como su hermano además de funebrero era político (del peronismo histórico de San Isidro), fue convocado para gestionar el viaje del General desde Chacarita hasta San Vicente. “Nos reunimos todos los viernes durante un año para planificar los detalles del asunto. Debíamos pensar cómo sería la dinámica, dónde y en qué momento específico haríamos cada cosa. Todas las piezas tenían que estar en su lugar; y la idea era realizar un mausoleo en la quinta”, cuenta.

Cuando llegó el momento estaba lleno de ansiedad; era lo que había esperado toda su vida. Un mundo de gente que buscaba ser testigo del paso del ataúd más famoso y Ricardo estaba ahí, coordinándolo todo: “Había un mundo de gente; le arrojaban relojes, joyas, flores, anteojos. Querían regalarle aquello que tuviera algún valor y pateaban sin querer a los caballos de los granaderos que custodiaban una ceremonia que desbordaba los controles”. Una vez en camino, Ricardo tuvo que quitar el sable y la gorra que decoraban el ataúd porque tenía miedo de perderlos con tanto alboroto. 

La gente dice que soy el último hombre que vio a Perón.

—¿Y usted qué dice?

Que en realidad había más gente cuando abrieron el ataúd, pero el conocido soy yo. No me voy a sacar el título.

Una señora llegó hasta el ataúd burlando los controles y se aferró a las manijas sin soltarlas. Estaba intratable. 

—¿Qué hicieron?

—Tuvimos que hacerle cosquillas. Como a los nenes...

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Rocío Foltran

23/09/2021

Rocío Foltran

La última oración me parece espectacular.