Acerca de los remedios simbólicos

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Este fragmento forma parte del proceso abierto de Profano, un proyecto sobre los seres humanos, su biología y su cultura, sus historias, sus múltiples formas de vivir la vida y de lidiar con la muerte. 

El antropólogo Bronislaw Malinowski, en su libro Magia, ciencia y religión (1982), desarrolla una perspectiva funcionalista sobre la muerte. El autor describe el suceso como un elemento constitutivo de la vida humana, un engranaje que forma parte de un proceso funcional. La muerte, desde aquí, es una necesidad básica que necesita cumplirse para satisfacer el orden social. Su visión sistémica, incluso, alcanza a los ritos que también cumplen con un propósito. Las prácticas funerarias de duelo que siguen al acontecimiento de muerte responden a un deseo paradójico que impulsa a los deudos a mantener los lazos afectivos con el fallecido y, en simultáneo, los insta a romper de forma inmediata y definitiva toda relación con el objetivo de asegurar el dominio de la voluntad y la autonomía de los sobrevivientes por encima del sentimiento de desesperación e injusticia.

De esta manera, los ritos funerarios conservan la continuidad de la vida humana al impedir que los vivos se abandonen al impulso de huir sobrecogidos de pánico, o al impulso contrario de acompañar al muerto a la tumba. En este marco, algunas veces ingresa la religión para reducir la incertidumbre y conservar la homeostasis social. Con su creencia en la inmortalidad, en la independencia de cuerpo y espíritu, y en efecto, en la idea de que existe una vida después de la muerte, la religión no solo canaliza, sino que incluso genera fe en los creyentes y les ofrece una posibilidad de salvación. Incluso, en las ceremonias que se celebran tras la defunción de un individuo, la religión atempera la desmoralización, el miedo, y reconstruye el grupo. 

Sin embargo, la realidad no es una sola ni los fenómenos suceden de manera tan esquemática. El antropólogo estadounidense Clifford Geertz, desde el interpretativismo, describe y analiza las causas que llevaron a la interrupción de un ritual tras la muerte súbita de Paidjan, un niño de diez años en Modjokuto, una pequeña ciudad de Java oriental, en Indonesia. En esa ocasión, la muerte, en lugar de ser seguida por las habituales ceremonias funerarias javanesas y por sus prácticas de entierro metódicamente eficaces, inició un extendido período de tensión social. Y la religión tuvo mucho que ver.

Tradicionalmente, en Java, cuando la noticia de la muerte de un aldeano circula, los vecinos deben abandonar lo que están haciendo para dirigirse a la casa de los parientes del difunto. Las mujeres llevan alimentos, que luego servirán en el funeral, y los hombres cavan la tumba. Llega el modín, el individuo que por sus conocimientos dirige la ceremonia: el cadáver es lavado con agua especial y se lo envuelve en una muselina. Una docena de personas entonan oraciones arábigas junto al cuerpo durante cinco o diez minutos. El cuerpo, luego, es llevado al cementerio con los rituales prescritos y es enterrado. Allí, el modín, junto a la tumba, dirige un discurso en el que le recuerda al muerto sus deberes como creyente musulmán. El funeral termina a las dos horas y le siguen las reuniones conmemorativas en la casa de los parientes del difunto a los tres, a los siete, a los cuarenta y a los cien días. Al milésimo día, se considera que el muerto ya retornó al polvo y que el abismo que lo separa de los vivos es absoluto.

No obstante, nada de esto sucedió durante el funeral de Paidjan. Apenas se constató el fallecimiento, su tío (a cargo de su cuidado) envió un telegrama a los padres del niño diciendo que su hijo estaba muy enfermo. No les notificó su muerte porque consideró que el choque con el sufrimiento podía ser muy duro. Mientras tanto, llamó al modín para que comenzara la ceremonia. 

Sin embargo, cuando llegó a la casa, el hombre encargado de orientar las acciones alegó que no podía presidir el entierro porque el tío pertenecía a otro bando político y a otra religión, y él no conocía los ritos correctos de esa religión, sino solo los del Islam. Esta negación dejó desconcertado al tío: jamás se le había ocurrido que las agitaciones partidarias y religiosas podían impedir oficiar al modín. En paralelo, nuevos actores hicieron lo suyo para alimentar el conflicto. El policía de la aldea manifestó al modín que, de acuerdo a las usanzas consagradas con el tiempo, tenía el deber de sepultar a todos con imparcialidad, estuviera o no de acuerdo con sus ideas políticas. Pero el conflicto se profundizó cuando el jefe del subdistricto, por el contrario, apoyó al modín; entre ambos instaron al tío a que firmara un documento ante el jefe de la aldea donde constara que él se convertiría en musulmán. El tío se encolerizó y salió de su casa.

La noticia de la muerte de Paidjan había circulado por toda la aldea y, para ese momento, ya había mucha gente que aguardaba el comienzo de los rituales, incluyendo al mismísimo Geertz. De hecho, cuando Geertz llegó al patio, notó que había dos grupos de hombres bien diferenciados, mujeres susurrando en el interior de la casa y un nivel de incertidumbre que no tenía nada que ver con la habitual serenidad en circunstancias como esas. Nadie sabía qué hacer. Para colmo de males, una de las razones por las cuales los javaneses acostumbran a realizar inhumaciones rápidas es porque, desde su perspectiva, resulta peligroso tener el espíritu del difunto por la casa.

Abu, un viejo sastre, llamó al tío para que conversaran y dieran inicio a la ceremonia. Abu se encargaría del ritual según las costumbres no musulmanas a pesar de su religión. Pero de nuevo el desconcierto: nadie sabía exactamente cuáles eran los pasos a seguir en el funeral —si eran necesarias tres personas para lavar el cuerpo, si se debía bendecir el agua, cómo había que colocar los algodones— atrapado por dos tradiciones políticas y religiosas. La mujer del tío rompió en llanto, algo a todas luces “incorrecto”. Justo en ese momento, llegaron los padres de Paidjan. En un principio, demostraron la usual compostura, pero, al acercarse su hermana, la esposa del tío de Paidjan fue corriendo hacia ella y ambas rompieron en llanto. Fueron separadas y arrastradas a casas opuestas. La madre de Paidjan, sin embargo, se escurrió entre las mujeres que intentaban calmarla, se acercó al cuerpo del niño y comenzó a besar sus genitales. El marido la arrancó con fuerza avergonzado de la situación.

El padre, finalmente, decidió que su hijo fuera sepultado según la ley islámica. Tres días después se celebró el primer encuentro conmemorativo. El padre de Paidjan pidió la palabra y dijo que él mismo no era de ningún bando político, que lamentaba las confusiones producidas y que quería, simplemente, que el muchacho fuera enterrado a la manera antigua. Aquel desorganizado funeral, desde el punto de vista del autor, no era más que un ejemplo microscópico de conflictos mayores, de disoluciones estructurales y de intentos de reintegración que, de una manera u otra, son característicos de la sociedad indonesia contemporánea. Así es como el conjunto de creencias y ritos que durante generaciones había guiado y tranquilizado a incontables ciudadanos en el período posterior a la muerte dejó repentinamente de producir sus acostumbrados efectos. La religión, de pronto y sin que nadie lo esperase, dejó de funcionar como remedio simbólico.

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Diego O.

07/09/2021

Diego O.

Muy linda nota! Para profundizar sobre el tema de la muerte y el ser humano, me atrevo a realizar la recomendación de dos libros: El hombre ante la muerte, y Morir en occidente, de Philippe Ariès.