Acerca de la muerte domesticada

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Este fragmento forma parte del proceso abierto de Profano, un proyecto sobre los seres humanos, su biología y su cultura, sus historias, sus múltiples formas de vivir la vida y de lidiar con la muerte.

Muerte domesticada. Así denominó Ariès la actitud más antigua, más extendida y común frente al acontecimiento de muerte. Se trata de la resignación familiar pasiva al destino colectivo de la especie y puede resumirse en la fórmula todos moriremos. Durante la Antigüedad y la Edad Media, las personas, salvo en muertes excepcionales —súbita, como producto de pestes o como resultado de las guerras—, fallecían sabiendo que iban a morir. Y la advertencia, claro, estaba dada por signos naturales, antes que por las llamadas “premoniciones mágicas”. Las personas sabían cuando se aproximaba su fin y decidían tomar sus recaudos. Esperaban acostados, yacentes, pensativos. Pacientes. La muerte era un hecho sencillo, discreto, por el que nadie debía alarmarse más de la cuenta.  

El historiador resume, a modo general, cuál era la actitud corriente que los hombres y las mujeres cultivaban: 

“No estaban apurados por morir, pero cuando veían que llegaba la hora, entonces sin adelanto ni atraso, tal como debía ser, morían como cristianos. Pero otros que no eran cristianos también morían sencillamente (…) El hombre padecía en la muerte una de las grandes leyes de la especie, y no soñaba ni con sustraerse de ella ni con exaltarla”. 

Si la muerte era el destino colectivo y el mundo occidental había aprehendido la máxima todos moriremos, era perfectamente comprensible que los humanos de aquella época aguardasen el momento con total naturalidad. Además, ya habían sido socializados de ese modo: con abuelos y abuelas, con padres y madres que se habían comportado de una forma similar. ¿Cómo? El moribundo descansaba en su cama y los asistentes (familiares, amigos y demás seres queridos que iban a visitarlo) rodeaban el lecho. Pronto, como conocía el protocolo y a sabiendas de que se trataba de un evento público y organizado, quien se preparaba para morir se convertía en una especie de director de orquesta. Aprovechaba la llegada del sacerdote para encomendar a Dios a todos los presentes y el clérigo, a cambio y según se estilaba, absolvía al moribundo de todos sus pecados. Una buena manera de morir en paz, a pesar de los errores; una buena manera de desmarcarse de las faltas cometidas. Luego, el hombre de la Iglesia realizaba la extremaunción: rociaba con agua bendita el cuerpo; un cuerpo todavía vivo aunque próximo a su final.

Los sobrevivientes que se amontonaban alrededor de la cama trataban de acompañar el último signo vital; sin embargo, algunas veces no todo era tan sencillo. ¿Por qué? Porque aunque es posible estimar cuando una persona está por fallecer, el instante preciso no se puede programar. Entonces, la segunda pregunta golpea como cachetada, pues, ¿cómo era el proceso cuando la muerte se demoraba en llegar? Se cree que el moribundo aguardaba en silencio, como quien espera una noticia importante e inevitable. Sin exasperarse, con una mezcla de resignación aceptada, con gesto apacible; sin dramatismos ni emociones exacerbadas. Alrededor quedaban los que estuviesen. Siempre mucha gente: principalmente conocidos, pero también los había desconocidos. 

Es que, en la Antigüedad y en la Edad Media, la muerte era un evento público. Todo el mundo que pasaba por las casas en las que yacían los moribundos ingresaba y daba el pésame. Será mucho más adelante, a partir de los preceptos higienistas de la medicina moderna (siglos XVIII y XIX), que comenzará a cuestionarse la superpoblación en las habitaciones de los individuos que agonizaban. Mientras tanto, todos eran bienvenidos, más aún los parientes, sin importar la edad y lo preparados que estuvieran. Los niños y las niñas asistían sin problemas, no había tapujos ni tabúes al respecto. 

Más tarde, una vez que el hecho se consumaba y era constatado: ¿cómo seguía el procedimiento? Pese a la familiaridad con la muerte, desde la Antigüedad precristiana, se ha desconfiado de la cercanía física entre los vivos y los difuntos. Según se creía —sin ninguna evidencia científica, la ciencia como institución social aún no existía–, los muertos podían perturbar la cotidianidad de los vivos. Por este motivo, se procuraba que ambos mundos estuviesen separados. A paso lento pero firme, el proceso de asociarlos comenzó con los cristianos que, antes de morir, empezaron a pujar —en especial los que gozaban de algún estatus en la sociedad— por ser enterrados al lado de sus santos y mártires. Así fue como dejó de haber separación entre iglesia y cementerio, por lo que vivos y muertos también se entremezclaron.

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Rocio Foltran

16/09/2021

Rocio Foltran

Memento Mori.
Muy linda nota! No sé si la idea era hablar más de los rituales una vez que la persona moría, porque me parece interesante las diferencias entre las distintas culturas. Desde la cremación, enterrarlos, momificarlos, mandarlos en un barquito prendido fuego cual vikingos… Y todo los rituales estilo Día de los muertos mexicano, para reencontrarse con los seres queridos.

Carlos Bourlot

09/09/2021

Carlos Bourlot

Genial la nota amigos!!!, me hizo un poquito de ruido el último párrafo sobre la paulatina separación entre el mundo de los vivos y los muertos porque me parece que solo aporta la mirada occidental (europea) del asunto. Por lo poco que he leído sobre el tema, entiendo que en América la relación entre ambos mundos era (es?) diferente: familiares fallecidos enterrados bajo el piso de la casa de los vivos, momias incas que salían en procesión junto con sus familias para ser exhibidas, etc.. Sería interesante sumar nuestra mirada autóctona sobre el tema. Gracias por el tiempo y por el hermoso trabajo que realizan. Abrazo

Alejandra

02/09/2021

Alejandra

Me gusta mucho el nuevo proyecto y disfruté las dos notas. En esta última me parece que, para que la idea de que no crecemos en soledad (que esta muy buena) tenga más fuerza, sería bueno sumar una lectura de por qué la niña sigue sin crecer luego de retornar con su grupo. Gracias por el hermoso trabajo que hacen!

Lorna Pratt

02/09/2021

Lorna Pratt

Me parece re interesante y da para pensar y conversar. Cómo sigo leyendo?

ramirete

02/09/2021

ramirete

genial incorporar al ecosistema de libros a Pablo Esteban ! si hay un tema que me fascinante es la muerte/rituales/todo/etc