El nudo de la conciencia (segunda entrega)

16min

El hecho de que la conciencia tenga bordes es equivalente a decir que nuestra capacidad introspectiva tiene límites. Nuestros abductores marcianos se encontraron con uno de estos límites cuando descubrieron que nuestra introspección no puede informarnos sobre los mecanismos neurobiológicos que subyacen a las propiedades cualitativas de nuestra experiencia. Tanto ellos como nosotros sabemos que el cerebro humano posee dos hemisferios, que está compuesto por muchísimas neuronas comunicadas entre sí, que es gris, gelatinoso y pesa entre 1 y 2 kg, y que su superficie es arrugada y contiene una multitud de giros y circunvoluciones. Pero cerremos nuevamente nuestros ojos e intentemos encontrar algo dentro de nuestra conciencia que sirva para confirmar o refutar aunque sea una sola de esas afirmaciones sobre el cerebro. No encontramos nada: a diferencia del cerebro, nuestros qualia no tienen dos hemisferios; tampoco tienen peso, color, textura, giros ni circunvoluciones. 

Un buen sujeto experimental trabaja sobre sus limitaciones para ser, en el futuro, un mejor objeto de estudio científico. El problema es que los límites de la conciencia son extraordinariamente difíciles de superar, porque se encuentran fuera de la conciencia y son, por lo tanto, invisibles para la conciencia misma. Pero aún si estos límites son invisibles, todo aquello que los cruza desaparece de la conciencia, lo cual es muy útil a la hora de ponerlos en evidencia. Cerremos un solo ojo, fijando al mismo tiempo la vista en la cruz, y acerquemos lentamente la cara hacia la hoja:

Si seguimos bien las instrucciones, en un determinado momento del acercamiento, el círculo negro de repente desaparece. La conciencia tiene fronteras y acabamos de encontrarnos con una. ¿A dónde fue el punto negro al cruzar esta frontera? ¿Por qué la cruzó tan de repente?

Al igual que el dolor, la visión también comienza con la activación de neuronas que transmiten información al cerebro. En este caso, los receptores neuronales sensibles a la luz revisten la cara interna del ojo en forma de una capa con densidad variable, lo que da cuenta de la elevada resolución de la percepción en el centro de nuestra visión (donde hay una alta densidad de neuronas, así como de receptores fotosensibles) y de la pobre resolución en la periferia (donde hay una baja densidad de neuronas con menor concentración de receptores). Pero estas neuronas tienen que transmitir la información al cerebro, y para eso un montón de cables cruzan la cara interna del ojo en un sitio específico. En ese sitio no hay neuronas sensibles a la luz, únicamente hay un manojo de cables, y por lo tanto la información que incide sobre ese punto no forma parte de nuestra experiencia visual. El círculo negro desaparece de la visión en el momento exacto en que su imagen coincide con este sitio, también conocido como punto ciego.

Más allá de esta muy razonable explicación, hay algo perturbador en la existencia del punto ciego. ¿Por qué no vemos constantemente un agujero en la región del campo visual que se corresponde con el punto ciego? ¿Por qué el punto ciego no se nos aparece como un grupo de píxeles quemados en nuestra percepción visual? Una posible respuesta es que nuestro cerebro nos engaña “rellenando” el agujero del punto ciego con información de regiones aledañas. De acuerdo con esta interpretación, hay neuronas en el cerebro que reciben y representan información de distintas partes del campo visual, incluyendo al punto ciego. Cuando nos acercamos a la hoja, el círculo negro desaparece porque coincide con el agujero del punto ciego, y nuestro cerebro rellena ese agujero representando información sobre el contorno (el blanco de la hoja) en las neuronas correspondientes. Pero en realidad, ese relleno no existe, porque no hay nada que rellenar. No hay neuronas en el cerebro encargadas de representar esa parte del campo visual, y por lo tanto, no hay neuronas a las que proporcionarles la información de relleno. 

Tenemos que resistir nuestra primera intuición de pensar al punto ciego como un conjunto de píxeles quemados en la pantalla de un monitor, un conjunto de píxeles que es preciso rellenar con información aledaña para que la conciencia no parezca tener una discontinuidad. Una intuición más adecuada surge de la manera en que los programadores de videojuegos lidian con los inevitables bordes del monitor. En muchos juegos (especialmente en ejemplares viejos), el borde izquierdo de la pantalla está conectado directamente con el borde derecho, y también la parte superior con la parte inferior. Una nave espacial cruzando por la izquierda aparece automáticamente en el lado derecho, y sus disparos cruzan de forma continua entre los bordes superior e inferior:

Sucede lo mismo con el punto ciego. Sus bordes son discontinuos únicamente en apariencia: las porciones del campo visual que se encuentran alrededor del punto ciego se encuentran adyacentes en términos de su representación neuronal, de la misma forma que los bordes derecho e izquierdo de la pantalla se encuentran uno al lado del otro en cuanto a su representación en el código de un videojuego.

Concluimos que los bordes de la conciencia están por fuera de la conciencia y, por lo tanto, no somos capaces de experimentarlos.  En otras palabras: la ausencia de la conciencia no es lo mismo que la conciencia de la ausencia. 

Hay una forma todavía más simple de chocarnos contra los límites de la conciencia. Nuestros ojos apuntan hacia adelante y por eso es imposible ver lo que sucede a nuestras espaldas. A medida que nos alejamos del punto donde enfocamos los ojos, nuestra visión se va perdiendo, hasta que en un determinado momento desaparece. ¿En qué punto exacto termina nuestro campo de percepción visual? La periferia visual es un lugar muy extraño. La visión termina, sí, pero no es posible decir cuándo; no hay un recuadro que nos indique “hasta aquí llega la visión”, como si fuese la pantalla de un televisor. La visión simplemente se va perdiendo, hasta desaparecer y transformarse en… ¿nada? 

Más allá de los bordes de la visión no hay conciencia, y por lo tanto tampoco puede haber conciencia de una ausencia. Desde nuestro punto de vista en primera persona, somos seres acéfalos, tal como expresa Douglas Harding en su ingenioso y provocador ensayo “Vivir sin cabeza”:

“El mejor día de mi vida —el día de mi renacimiento, por decirlo así— fue cuando encontré que no tenía cabeza. Esto no es un juego literario ni un dicho ingenioso para suscitar el interés a toda costa. Lo digo en serio. Yo no tengo cabeza. (...)  Lo que encontré eran unas piernas caquis que terminaban hacia abajo en un par de zapatos marrones, unas mangas caquis que terminaban a ambos lados en un par de manos rosadas, y una pechera caqui que terminaba hacia arriba en —¡absolutamente nada! Ciertamente no en una cabeza.”

Nosotros podemos comprobar fácilmente que tampoco tenemos cabeza. Cuando miramos hacia abajo, por ejemplo, encontramos que nuestro torso termina en algún lugar, ¿pero dónde exactamente? No vemos una frontera clara entre lo visto y lo no-visto, un límite más allá del cual decimos que empieza el cuello que sostiene nuestra cabeza.

Nuestra incapacidad para percibir los límites de la conciencia nos puede engañar haciéndonos creer que esos límites no existen. Nos cuesta creer en la existencia del punto ciego hasta que experimentamos cómo desaparece el círculo negro de la hoja. Hasta necesitamos recurrir al tacto o a los espejos para confirmar que tenemos una cabeza. Los humanos tendemos a creer que los qualia de nuestra experiencia son todo lo que hay en nuestra conciencia, precisamente porque la conciencia extiende una capa de invisibilidad sobre sus propios límites. 

* * *

Nuestras experiencias conscientes y sus propiedades cualitativas son, desde el punto de vista funcional, un filtro: su quehacer no es tanto representar información útil, sino excluir información inútil. Parte de esta información inútil corresponde, precisamente, a los eventos físicos que suceden en el cerebro cuando somos conscientes de algo. Existe una analogía útil con un sistema operativo de una computadora, supongamos, Windows 7. El entorno gráfico de este sistema operativo no es útil por su (muy cuestionable) diseño, sino porque este entorno sirve para aislar al usuario del complicadísimo código de computadora que hace funcionar al sistema operativo, de la misma forma en que la sensación de dolor cumple su función de forma efectiva sin ahondar en los detalles neurobiológicos de las fibras A y C. 

El cerebro es demasiado complejo para que la conciencia pueda acceder a él por completo. Podemos imaginar al cerebro y a la conciencia como dos mitades de la misma cosa, pero siempre intentando evadirse entre sí, jugando a las escondidas para nunca encontrarse. Nuestra experiencia subjetiva es el producto de ese juego de escondidas. La cantidad de neuronas en el sistema nervioso de un adulto es aproximadamente 10.000.000.000. Imaginemos que cada neurona tiene únicamente dos comportamientos posibles: activo e inactivo (una gran simplificación, porque las neuronas poseen una cantidad inmensa de detalles internos). Incluso partiendo de esta visión simple de las neuronas, la conciencia debería ser capaz de representar 10.000.000.000 de entidades independientes de forma simultánea para tener acceso completo al cerebro. En realidad, múltiples experimentos (que veremos con detalle más adelante) sugieren que nuestra conciencia tiene un ancho de banda muchísimo más limitado. Por ejemplo, cuando una imagen aparece y desaparece rápidamente frente a nuestros ojos, muy pocos objetos distintos logran abrirse camino hasta llegar a la conciencia; típicamente, no más de cuatro. O bien, fijemos la vista sobre una palabra de la página, ¿cuántas palabras distintas logran ingresar a nuestra conciencia? Si cuatro es el ancho de banda típico de la conciencia, entonces en cada instante la actividad de 9.999.999.996 neuronas del cerebro se nos escapa, y con todavía más razón se nos escapan detalles tales como la concentración de distintos neurotransmisores, o la delicada forma en que se contactan los árboles dendríticos de dos neuronas diferentes. 

Pero esta  información que queda afuera es, precisamente, aquella que los neurocientíficos intentan usar para explicar la relación que existe entre conciencia y cerebro. También es la información a la que los neurocientíficos acceden cuando hacen experimentos de neuroimágenes sobre el cerebro humano. Nadie es capaz de registrar la sensación de color rojo utilizando técnicas como la electroencefalografía o la resonancia magnética funcional; únicamente es posible registrar la actividad de ciertas neuronas del cerebro. Para nosotros, ambos mundos parecen estar fundamentalmente separados, precisamente porque la conciencia es demasiado limitada en su capacidad para acceder a las realidades del cerebro. Quizás haya seres capaces de vincular las dimensiones objetivas (cerebro) y subjetivas (conciencia) de su existencia, como los marcianos de nuestra historia, pero nosotros no tenemos esa facultad. 

Esto quiere decir que, por defecto, los humanos estamos atrapados en el mundo de los qualia, las experiencias con propiedades cualitativas privadas. Este es un pobre punto de partida para explicar la conciencia en términos de la física y sus propiedades inter-subjetivas. Peor aún: las paredes de esta prisión también son parte de ese mundo que nos está vedado y son, por lo tanto, invisibles. Estamos atrapados en una ilusión muy persistente, la ilusión de que el universo se nos presenta únicamente en forma de qualia, cuando en realidad es puramente físico: inerte, abstracto, uniforme, sin colores, olores, sabores, dolores, alegrías ni tristezas.

El filósofo alemán Thomas Metzinger propone una metáfora muy clara para esta peculiar condición de la existencia humana. En cada momento determinado de tiempo, la conciencia de una persona se puede pensar como una línea que separa al mundo en dos partes:

En una de esas dos partes, se encuentran todos los contenidos de la conciencia de esa persona, incluyendo posiblemente la conciencia que esa persona tiene de sí misma y de su propia identidad. Esa es la parte más reducida, la más pequeña y la menos abarcativa, y corresponde al interior de la línea. Del otro lado, se encuentran todos los hechos del universo que escapan a su conciencia; por ejemplo, la actividad de las neuronas de su cerebro, lo que ocurre en el punto ciego de sus ojos, los bordes de su percepción visual, las distintas transformaciones y manipulaciones que le ocurren a la información que la persona registra con sus sentidos, y muchas otras (es decir, todo lo que sucede por fuera de nuestro limitado “entorno gráfico”).

Vistos como una sucesión de momentos presentes, los círculos se concatenan para formar un túnel que en cada instante de tiempo divide al mundo en estas dos partes. Nuestra existencia (entendida como la suma de todas nuestras experiencias conscientes) transcurre en el interior del túnel:

Thomas Metzinger denomina “el túnel del Yo” a este proceso que ocurre en el tiempo: 

“La experiencia consciente es como un túnel. La neurociencia actual ha demostrado que el contenido de nuestra experiencia consciente no es solo un constructo interno sino también un modo extremadamente selectivo de representar información. Por eso es un túnel: lo que vemos y oímos, lo que sentimos, olemos y saboreamos, es solo una fracción mínima de lo que existe ahí fuera. Nuestro modelo de realidad no es más que una proyección dimensionalmente pobre de la inconmensurable riqueza física que nos rodea y nos sostiene. Nuestros órganos sensoriales son limitados: su evolución responde únicamente a razones de supervivencia y no a aspiraciones de captar la ininteligible abundancia que oculta nuestro entorno. Por todo ello, el proceso de experiencia consciente en curso no es tanto una imagen de la realidad, sino un túnel a través de la realidad.”

Debido a que las paredes del túnel son invisibles, ignoramos, precisamente, que estamos dentro ese túnel. Si pudiésemos cruzar esas paredes, pasarían cosas muy extrañas: por ejemplo, los contenidos de la conciencia se ampliarían, representando una multitud de procesos que usualmente son invisibles para la introspección. Muchos de esos procesos se relacionan con los mecanismos neuronales que construyen las sensaciones conscientes, pero las paredes del túnel nos protegen del conocimiento directo sobre esos procesos y, por lo tanto, generan la ilusión de que esas sensaciones aparecen mágicamente y por sus propios medios, aunque en realidad no es el caso. Y dentro de todas las sensaciones que el cerebro se encarga de construir, hay una muy particular, una cuyo cuestionamiento puede resultar paradójico y hasta terrorífico: la certeza de existir como personas individuales, con identidades, historias y cuerpos únicos y bien definidos. En realidad, mi posición es que no existimos como ninguna de esas cosas: somos únicamente el resultado de neuronas comunicándose dentro de una sopa de neurotransmisores, finita, material y perecedera.

La forma de progresar es disipar esta ilusión, derribando el mito infundado de que nuestra conciencia tal como existe hoy, sin modificaciones, es un recurso lo suficientemente amplio como para  alcanzar una explicación científica convincente sobre ella misma. En otras palabras: el túnel es demasiado angosto, y mucho se nos escapa; nuestro “entorno gráfico” es en exceso limitante, y nuestra introspección tan solo sabe de qualia. Este túnel es capaz de comprimir conciencias hasta transformarlas en pequeñísimo puntos que navegan por el tiempo y el espacio.

El interior del túnel, una conciencia, es un fragmento del universo intentando entenderse y explicarse. La conciencia es esto, sí, pero esto no es todo. Un día, un pequeño fragmento de materia se rebela contra esos límites, empuja desesperadamente contra sus bordes, gana entendimiento y nuevas experiencias, e intenta abarcarse hasta lograr entender, finalmente, por qué tiene un punto de vista, por qué existe algo que significa ser él mismo. En algún momento del viaje, descubre que el túnel no es siempre el mismo. En cada instante, la conciencia está escindida en dos mitades, una cósmica y la otra pequeña, casi infinitesimal. Puede descubrir también que, en realidad, la conciencia no es un túnel a través del universo, sino un laberinto, una sucesión infinita de bifurcaciones que conectan el pasado con el futuro:

Algunas de las bifurcaciones conducen a existencias chiquititas, comprimidas hasta la insignificancia por los límites de la introspección, completamente ignorantes de la inmensa complejidad física del universo. Otras bifurcaciones incrementan gradualmente el diámetro del túnel, permitiendo a la materia del cerebro adquirir experiencias más completas sobre sí misma. El rango de estas experiencias se encuentra limitado por las decisiones que tomamos (o que nos toman a nosotros) ante las alternativas que nos presentan, constantemente, las sucesivas bifurcaciones. Quizás exista en algún lugar del túnel una salida, un punto más allá del cual la conciencia ya no tiene interior ni exterior, ni anverso ni reverso. Entonces, la desaparición de las paredes del túnel nos indicaría que las propiedades cualitativas de nuestras experiencias ya no restringen a la conciencia, ya no presentan una única cara misteriosa e impenetrable para la ciencia. La conciencia es el misterio más grande al que se ha enfrentado el ser humano. Puede ser que ese misterio sea irresoluble, pero si no lo es, la única esperanza será encontrar una salida de este laberinto. Y para eso hará falta movernos. 

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El Gato y La Caja