El nudo de la conciencia (primera entrega)

14min

Estamos caminando por la calle en una noche de verano. Nuestro tranquilo paseo nocturno es interrumpido por un zumbido tenebroso. Una luz muy intensa nos envuelve. Perdemos la orientación espacial y sentimos que flotamos lentamente hacia donde antes estaba el cielo, pero ahora hay un inmenso objeto gris metálico. Cuando logramos entender lo que está pasando, ya es demasiado tarde: a través de un material translúcido, vemos nuestra ciudad alejarse rápidamente; luego, nuestro país, nuestro continente y, finalmente, nuestro planeta. Fuimos víctimas de una abducción alienígena y ahora estamos flotando hacia un destino incierto en algún lugar del espacio exterior. 

Mientras nos recuperamos del shock inicial, sacamos algunas conclusiones. La tecnología de nuestros captores debe ser muy avanzada, porque si bien sentimos que ya llegamos a destino, también tenemos la intuición de estar muy lejos de casa. Descubrimos que viajamos con inmensa rapidez hacia un planeta con una atmósfera extraña, diferente; la gravedad es apenas más débil que en la Tierra, y en el exterior de la nave se extiende un enorme desierto de arena roja. Estamos viendo la superficie del planeta Marte, más precisamente, el campus de una universidad pública marciana con problemas presupuestarios. ¿Cómo nos damos cuenta de que tienen problemas presupuestarios? Es evidente: sus estudiantes tienen que salir a cazar especímenes experimentales a planetas subdesarrollados como el nuestro, en vez de comprarlos ya esterilizados en bioterios del primer mundo marciano. 

Descubrimos, entonces, que somos el ejercicio número 3 de la guía de trabajos prácticos sobre “mentes hechas de cerebro” en un curso introductorio de neurociencia (“mentes de silicio” y “mentes de radiación” son los ejercicios 1 y 2, respectivamente). Los marcianos poseen conocimientos muy avanzados sobre los principios organizativos de las mentes; tanto, que las nuestras sirven únicamente como ejemplos para entrar en calor y llegar bien preparados a los ejercicios del primer parcial. Bastante asustados —y un poco humillados—, se nos informa que la avanzada ciencia marciana tiene una cara positiva: sus métodos para estudiar la actividad del cerebro son tan sofisticados que no será necesario trepanar nuestro cráneo, y mucho menos sacrificarnos luego de la operación, tal como hacemos nosotros los humanos cuando investigamos organismos animales en el planeta Tierra. 

Una voz sintética nos explica, en un adecuado español rioplatense: “Muchas gracias por su colaboración, espécimen humano. Esperamos que el ejercicio termine rápidamente para poder devolverlo a su planeta de origen. Usualmente, nuestras expediciones son a sistemas estelares más lejanos, donde podemos conseguir organismos con mentes mucho más sofisticadas para estudiar. Pero este cuatrimestre, fuimos víctimas de un recorte salvaje en viáticos, así que por primera vez vamos a hacer este ejercicio usando un humano. Por favor, no tema: sus memorias serán borradas y no quedará en usted ninguna secuela ni recuerdo de este proceso”. 

Nuestra ansiedad busca refugio en esta promesa de un futuro olvido. Mientras tanto, escuchamos que alguna voz pide poder salir temprano en caso de que nuestra mente fuese demasiado simple como para ocupar una clase entera. Otra voz pregunta a qué hora se empieza a servir el almuerzo en el buffet. Empezamos a sospechar que somos el ejercicio más fácil de la materia.

Los experimentos no son muy diferentes a los que vimos alguna vez en laboratorios terrestres. Los marcianos nos muestran distintos objetos, números y colores, y luego nos piden nombrarlos. A veces, las imágenes pasan tan rápido que su identidad se nos escapa, y en ese caso decimos que no sabemos, o incluso negamos haber visto una imagen en la pantalla. Otras veces, no estamos tan seguros, y quisiéramos poder decir que vimos y al mismo tiempo no vimos la imagen en la pantalla. Los estudiantes marcianos nos hacen mover brazos, pies y dedos, también estimulan nuestros centros de placer y (con mucho cuidado) los del dolor; nos hacen escuchar distintos sonidos, canciones y palabras en idiomas extraños.

Los marcianos parecen tener un conocimiento casi absoluto sobre los eventos físicos que ocurren en nuestro cerebro. Leímos alguna vez que el cerebro es el órgano más importante del cuerpo humano (aunque esto es, por supuesto, lo que el mismo cerebro opina). Como es tan importante, queremos estudiarlo, pero por el mismo motivo, también está muy bien protegido por el cráneo, y nuestros métodos terrestres para inferir lo que pasa dentro de un cráneo sin abrirlo son extremadamente limitados. En cambio, los marcianos pueden hacer zoom en el tiempo y en el espacio, visualizando a voluntad la actividad de neuronas y redes de neuronas en nuestro cerebro. También son capaces de generar hologramas inmersivos donde se representa la concentración de distintos neurotransmisores (es decir, las sustancias químicas que nuestras neuronas utilizan para comunicarse entre sí), la irrigación sanguínea y la actividad de varias enzimas. Pensamos que las neuroimágenes marcianas deben ser para nosotros lo que las técnicas humanas son para los primates y roedores que estudiamos en la Tierra: tecnologías tan avanzadas como para confundirse con magia.

El experimento pasa rápido y sin problemas. Pensamos que al menos somos un buen animal de laboratorio. Pero entonces llega el último ítem del ejercicio y la voz nos instruye: “En esta parte final, vamos a estudiar cómo tu cerebro es capaz de producir conciencia, sensaciones subjetivas, experiencias en primera persona. Nos referimos a cosas tales como la rojez del color rojo, o la sensación desagradable de un dolor de muelas. No nos interesa tu experiencia del color rojo en términos de su función (por ejemplo, señalar la presencia de un objeto rojo), y lo mismo para el dolor de muelas (por ejemplo, hacerte ir al dentista). Nos interesa, en cambio, la manera en que el color y el dolor se sienten. Aprendimos que algunos filósofos y científicos humanos llaman qualia a estas maneras de sentir propiedades cualitativas de la experiencia, es decir, al "cómo se siente" de estas propiedades. Vamos a estudiar algunos de tus qualia rápido así empezamos a cerrar, que se viene la hora del almuerzo”. 

“Estúpido marciano”, pensamos, “perdiendo tiempo en explicarnos cosas que nos son tan íntimamente familiares, cosas que conocemos de forma tan inmediata”. Luego recordamos que los marcianos pueden leer nuestra mente y nos arrepentimos por el tono agresivo de nuestro pensamiento. 

“Ahora empezamos a estudiar tu conciencia”, nos informa el alienígena a cargo del trabajo práctico. ¿Escuchamos un ligero tono de desprecio alrededor de la palabra “conciencia”? Inquietante.

La primera parte del último módulo es idéntica a las anteriores. Vemos imágenes, nos preguntan cosas, y entonces respondemos. Sentimos que la clase está terminando. Escuchamos ruidos de algunos marcianos guardando el material de laboratorio. De hecho, algunos grupos ya terminaron y salieron al almuerzo. Pero entonces pasa algo completamente inesperado, algo que descarrila el experimento. Los marcianos nos hacen una petición muy extraña, tan extraña que hablamos por primera vez para preguntar, tímidamente, si no habremos escuchado mal: “Ahora vamos a mostrarte un grupo de neuronas que nos interesan; te vamos a pedir que por favor las actives durante algunos segundos y después nos digas qué sentiste durante ese tiempo”.

Respondemos que somos incapaces de activar neuronas a voluntad. No sabemos cómo. De hecho, sabemos que tenemos neuronas porque lo aprendimos en el colegio, pero en realidad nuestra conciencia nunca se nos aparece en forma de neuronas, sino de pensamientos. Las sensaciones conscientes son muy distintas al cerebro y sus neuronas: no ocupan espacio, ni tienen peso, tamaño o divisiones internas. Los marcianos discuten en voz baja por un rato, hasta que uno se dirige a nosotros: “Entendemos que el cerebro y sus neuronas parecen no estar en los contenidos de la conciencia. Podemos imaginarlo, aunque nuestra conciencia es muy diferente a la de ustedes, y la estructura de nuestros cerebros (si es que se pueden llamar así) es constantemente parte de nuestra experiencia subjetiva. Entendemos la confusión, pero no estamos pidiendo que nos digas cómo te parece que son tus pensamientos conscientes, estamos pidiendo que accedas a ellos y nos digas cómo son realmente. No necesitamos que nos informes sobre tus sensaciones conscientes de rojez o dolor. Ya pasamos por eso. Ahora, necesitamos trascender esas sensaciones y acceder a tu experiencia subjetiva más fundamental, aquella donde se reflejan los procesos cerebrales que dan origen a tus qualia. ¿Puede ser? ¿Así nos vamos a comer?”.

De nuevo, respondemos que no es posible. No importa qué tanto nos esforcemos, nuestra conciencia y nuestro cerebro habitan en mundos muy diferentes. El cerebro es un objeto físico, mientras que la conciencia, no tanto. Sería muy extraño para nosotros poder examinar y modificar nuestro cerebro a través de la conciencia. Un marciano en el fondo del aula nos pregunta, curioso, cómo es entonces que los humanos diagnosticamos los daños y enfermedades del cerebro si somos incapaces de experimentar directamente las cosas que suceden dentro del cráneo. “¿Cómo saben, por ejemplo, cuando hay neuronas que están muertas y hay que reemplazarlas?”, pregunta. Respondemos que tenemos tecnologías para generar imágenes y registros de lo que pasa en el cerebro, y que los médicos y cirujanos estudian esas imágenes para diagnosticar el problema y hacer algo al respecto, pero nosotros nunca tenemos acceso a esa información de forma directa. Para nosotros, un daño en nuestro propio cerebro se manifiesta como una distorsión en la naturaleza de nuestra experiencia consciente y subjetiva; por ejemplo, podemos perder una porción de la visión o dejar de sentir una parte del cuerpo, pero nunca sentimos que nuestro cerebro se daña. Siempre es nuestra conciencia la que se daña. 

Nos sentimos elocuentes y orgullosos al explicar lo obvio a nuestros captores: la conciencia humana es única y misteriosa, una singularidad que nos separa del resto del universo —incluso, pensamos, de sociedades inmensamente más avanzadas, como la marciana. Pero ellos parecen no estar de acuerdo. Usan apéndices que podrían llamarse manos para agarrar una parte de su anatomía identificable con la cabeza; algunos están tan frustrados que patean las mesas y sillas del aula. Mientras se insultan entre sí, alguien nos recrimina el hecho de que nuestra mente sea tan primitiva. “Ahora vamos a reprobar el trabajo práctico”. Otro grita: “Yo puedo perder mi beca por tu culpa”. Sentimos mucha frustración, desilusión y confusión en el aire marciano. Una voz recién llegada sondea la situación: “¿Esto entra en el parcial?”. Finalmente, el líder del grupo consigue calmar a sus compañeros para poder explicarnos lo que sucede: “La gracia del ejercicio es que el organismo sepa que parte de su conciencia emerge como el resultado de cosas que pasan en su cerebro, y que sea también capaz de trascender las apariencias para poder identificar y manipular esas cosas. Un organismo tan primitivo no nos sirve. Estudiar la conciencia en un animal con una introspección tan defectuosa es como intentar estudiar la locomoción en un animal sin pies, o el habla en un animal incapaz de emitir sonidos”.

“La próxima vez, tendremos que conseguir fondos para buscar especímenes en un sistema solar más avanzado. La Tierra no sirve. Sabíamos que sus mentes eran primitivas, sí, pero fuimos incapaces de imaginar cuánto”. Somos devueltos a la Tierra con la misma celeridad con la que fuimos secuestrados hasta Marte. Antes de partir, escuchamos cómo una última voz comparte su frustración con los demás: “Los terrestres no saben nada. Todavía están atrapados en el laberinto de su conciencia”. 

“...nuestra conciencia y nuestro cerebro habitan en mundos muy diferentes.”

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¿Por qué  es tan difícil investigar científicamente la conciencia? ¿Por qué no es igual que estudiar otras cosas, como plantas, animales y minerales, o las leyes que determinan el movimiento de los planetas?  ¿Es un problema diferente a los demás, o simplemente estamos muy escasos de ideas? 

La hipotética abducción por universitarios marcianos con bajo presupuesto sirve para ilustrar un problema fundamental, único al problema científico de la conciencia. Tanto los marcianos como nosotros conocemos, en mayor o menor medida, las leyes físicas que explican el comportamiento de la materia. Los libros de física marciana no serían fundamentalmente distintos a los nuestros, aunque sin duda tendrían un grado mayor de completitud y sofisticación. Por lo tanto, sus cerebros y los nuestros deberían obedecer a los mismos principios de la física. Pero, a pesar de esto, no es para nada claro que nuestra experiencia subjetiva del mundo y la de nuestros captores sea la misma; después de todo, ni siquiera está claro que nuestra conciencia sea comparable a la de otros animales, o incluso a la de otras personas (¿cómo podemos saber que la sensación de color rojo que nosotros experimentamos es igual a la que sienten los demás?). 

Los marcianos intentan resolver este problema llevando una discusión sobre los contenidos cualitativos de la conciencia (qualia) hacia una discusión sobre los procesos cerebrales subyacentes, es decir, desde cosas como “la sensación de ver el color rojo” hacia otras como “la actividad de neuronas en el giro temporal inferior”. No parecen estar muy impresionados con los detalles de nuestra vida mental privada, y tampoco parecen considerar que haya algo especial o diferente en nuestras sensaciones conscientes del mundo. En todo caso, los marcianos están impacientes por trascender estos aspectos de nuestra conciencia para aproximarse a nuestra subjetividad mediante el lenguaje de la neurociencia. Pero cuando intentan esto, se encuentran con un obstáculo aparentemente infranqueable: la conciencia humana es incapaz de experimentar el mundo en otros términos; por ejemplo, es incapaz de acceder a información sobre el cerebro y sus funciones. Estamos atrapados en un mundo de colores, olores y sabores, mientras que el por qué de estas sensaciones se escapa al escrutinio de nuestra percepción consciente.

Cerremos un momento los ojos y concentrémonos en las cosas que sentimos. ¿De qué cosas somos conscientes? Una lista parcial podría incluir los sonidos del ambiente, la sensación de nuestro cuerpo apoyado contra una silla, así como la oscuridad impuesta por nuestros párpados cerrados, apenas translúcidos a las luces del ambiente. Cuando los abrimos, encontramos colores, formas, movimientos y texturas. Podemos enfocar nuestra atención en un objeto determinado y recorrer y analizar exhaustivamente todas sus propiedades. No solamente poseemos la capacidad de percibir el mundo que nos rodea, sino también de percibir nuestra propia percepción y reflexionar sobre ella. Esta capacidad es la introspección: un sentido que apunta hacia dentro y nos permite iluminar la estructura de las cosas que habitan en nuestra conciencia. 

El problema es que la introspección y el estudio científico del cerebro proporcionan información radicalmente diferente. Eso no significa que ambas fuentes de información no estén relacionadas, y tampoco que no podamos aprender nada sobre nuestros sentidos explorando nuestra vida interior. Pero sí significa que los resultados de esta exploración están ocultos bajo el disfraz de la conciencia. El imperativo marciano es arrancar este disfraz, pero no sabemos cómo ni con qué propósito. Estas son dos de las preguntas principales que responde este libro, y en el proceso de hacerlo, propone cómo resolver el misterio de la conciencia. 

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Tomas Alvarez

19/05/2021

Tomas Alvarez

“¿Esto entra en el parcial?” Gracias Gato por tanto.

Lisandro Ramírez

16/05/2021

Lisandro Ramírez

Este nuevo proyecto me atrae, me gusta como abordan el tema. Muy interesante la segunda entrega de la trilogía.

Lourdes Chiaravalloti

12/05/2021

Lourdes Chiaravalloti

Siempre me plantee lo de los colores! Y siempre me miraron con cara de “creo que estas loca”… Me fascina como escriben, me fascinan los temas, y más que nada me fascina que sea una lectura accesible para los simples mortales como yo:)

Martín R.

11/05/2021

Martín R.

Me encantó el artículo y el tema es apasionante. Felicitaciones! Una pregunta que tal vez peque de tonta, pero, ¿a qué se refiere con “científicos humanos”?

Irene Bonansea

11/05/2021

Irene Bonansea

Me encantó!! Desde chica me pregunto si el color rojo que yo veo es igual al que ven las otras personas, y es la primera vez que leo algo sobre eso no veo la hora de poder aprovechar la preventa

El Gato y La Caja